Fotogalería
OK, ya me gustan tus selfies
Benjamin Malik
Descubriendo cuáles son las razones evolutivas detrás de nuestra obsesión por las selfies

Como muchos de ustedes (que probablemente sean cada vez menos), también fui muy reticente en aceptar la tendencia de las selfies. Mi punto de vista era tan radical que hasta me resistía a llamarles “selfies” y por un tiempo las llamaba despectivamente “autofotos”. En mi cabeza no cabía la idea del narcisismo narcótico y la validación social que implicaba tomarme una foto de mí mismo y publicarla en Instagram, Facebook, Twitter o ni siquiera, para mandársela a alguien más.

Una vez que superé mis pretensiones analíticas, me dí cuenta de que tal vez yo no me tomaría una foto de mí mismo pero, en realidad, sí me encantan tus selfies. No me importa si estás posando en algún viaje, en una fiesta o si sales en la foto con alguien de quien me puedan dar celos. Y esto es porque tu selfie ingenua en Instagram está disparando en mí un antiguo impulso biológico que comparto con toda la especie humana.

A otras especies de animales les gusta olerse el trasero o gritarse de árbol a árbol. Sin embargo, entre los seres humanos hay una larga historia y tradición cultural de vernos a los ojos, entrelazar miradas y alinear nuestras caras para que otras personas puedan reconocer nuestras emociones expresadas facialmente.

Incluso hay una región especial de nuestro cerebro dedicada a reconocer las caras.

Hace casi dos décadas la neurocientífica de MIT, Nancy Kanwisher, nombró las áreas de la cara que reconocemos el fusiforme facial (FFA) y lo publicó en un artículo. Fue una de las primeras partes del sistema visual del cerebro que los neurólogos identificaron con la función específica de reconocimiento. Kanwisher y su equipo descubrieron después que los humanos buscamos tanto reconocer caras que la FFA se activa incluso cuando vemos caricaturas. Otro estudio reveló que incluso los emoticones y los emoji pueden evocar una respuesta psicológica similar a ver una fotografía de la cara de la persona que te los mandó.

Este aspecto de la cognición humana es tan obvio que incluso estamos programados para reconocer caras en cosas, aspecto principal de la pareidolia, y hasta los no-humanos lo han notado (recuerda que tu perro o tu gato también pueden reconocer tus gestos faciales). Como te puedes imaginar, hay un montón de teorías acerca de por qué tenemos un diseño evolutivo para reconocer caras. Probablemente tenía mucho que ver con el reconocimiento de nuestros parientes, o para diferenciar a nuestros amigos de nuestros enemigos. El entendimiento de las expresiones faciales probablemente nos ayudó a trabajar mejor socialmente con otras personas, para hacer más fácil nuestra supervivencia. Tal vez reconocer una expresión facial que dice “¡No mames! Hay un león detrás de ti” era mejor opción que gritar y despertar al maldito león.

Toda esta divagación me sirve para explicar por qué me fascina cuando mis amigas de Instagram publican fotos de ellas mismas. En el momento en que observo sus caras, siento un destello de complicidad. Siento como que me están sonriendo o coqueteando a mí, o que esa cara tonta que hicieron sólo fue para mi entretenimiento. No importa si yo sé que esa persona tiene como 10 mil otros seguidores y probablemente le esté sonriendo a la persona que está detrás de su teléfono. Siento que hay algo que viene de un lugar que es más emoción que racionalidad. Es una de esas reacciones emocionales que son imposibles de controlar.

Por otro lado, mis respuestas instintivas también están determinadas por las condiciones de la modernidad y las tendencias, el “Si no puedes contra ellos, úneteles”. Pero no queda duda de que, a través de los selfies, cualquier persona puede disparar emociones positivas en mí. Tal vez esto significa que estamos ampliando nuestras capacidades empáticas mediante las redes sociales; ergo: las selfies terminan siendo la antítesis del egoísmo.

*Las chicas de las fotos son bien buena onda. Síganlas en Instagram.

Francisco Mata Rosas: el blanco y negro de una urbe entre dos mundos
Cristopher Garnica
Francisco Mata Rosas nos da una mirada líquida y trans-mediática de la ciudad de México, en esta serie de increíbles fotografías en blanco y negro.

La mirada documental y analítica del fotógrafo mexicano.

 

Francisco Mata Rosas es uno de los fotógrafos mexicanos, con muchas décadas de reflexión y trabajo en la disciplina. Mata rosas es uno de los foto documentalistas que han retratado la ciudad desde una mirada peculiar, enraizado en la fotografía periodística, que se ha ganado el respeto y la admiración de sus colegas, quienes le han colocado en una posición de honor entre los fotógrafos mexicanos más relevantes de hoy en día.

Mata Rosas nace en la ciudad de México en 1958. Ha expuesto sus fotografías en más de 50 países. Ha publicado más de 9 libros, y ha obtenido diversos premios como el de Adquisición de la Bienal de Fotografía Mexicana (1988), Third Annual Mother Jones (1993), o el Premio Internacional por Internet en Japón (1997). Mata rosas, nos hace pensar la ciudad a través de sus fotografías.

 

 

Asimismo, este fotógrafo mexicano ha hecho mucho trabajo de investigación, reflexión, análisis y sentido crítico que ha realizado en los últimos 15 años lo convierten en uno de los intelectuales e indagadores más puntuales sobre la fotografía en su expresión contemporánea. En sus imágenes es posible ver crónica urbana en blanco y negro, mezclada con una estética pop como no se entendía hace unas décadas atrás en México.

Aquí te dejamos una colección de fotografías sobre la CDMX, desde una mirada peculiar e interesante del fotógrafo Francisco Mata Rosas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El día de muertos en imágenes del Panteón de Dolores (FOTOS)
MXCity
El Panteón de Dolores, ubicado entre la segunda y tercera sección del Bosque de Chapultepec, es uno de los más grandes cementerios de la ciudad de México, donde celebrando a la muerte de los seres queridos se llega a revivirlos.

“El culto a la vida es también culto a la muerte”.- Octavio Paz

Celebrando la muerte de los seres queridos se llega a revivirlos. El Panteón de Dolores, ubicado entre la segunda y tercera sección del Bosque de Chapultepec, es uno de los más grandes cementerios de la ciudad de México.

 

Panteón de Dolores

 

Este panteón tiene 23 lotes exclusivos: Constituyentes de 1917, de las Águilas Caídas del Escuadrón 201, de los Actores de la ANDA, de los Tramoyistas; el lote de la comunidad italiana, el lote de la comunidad Alemana, el lote del sindicato de Panaderos, el lote de los Maestros Jubilados del S.N.T.E, y el lote de la sociedad de alumnos del Colegio Militar.

 

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También aquí cuenta con un bellísimo diseño al centro del lugar, el cual congrega una Rotonda de los Personajes Ilustres que data desde 1872.

 

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En un círculo están acomodados Ramón López Velarde, Rosario Castellanos, Heberto Castillo Martínez, Jesús Reyes Heroles, Alfonso Reyes, David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco, María Izquierdo, Justo Sierra, Salvador Díaz Mirón, Silvestre Revueltas, Amado Nervo, Agustín Lara, Flores Magón, Diego Rivera, Enrique González Martínez y los restos de 90 mexicanos más, personajes ilustres de diferentes campos.

 

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“Para los antiguos mexicanos la oposición entre muerte y vida no era tan absoluta como para nosotros. La vida se prolongaba en la muerte”, escribe Octavio Paz, en el capítulo Todos Santos, Día de muertos, en el Laberinto de la Soledad.

 

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Fuera de México se suele pensar en la muerte como muerte, como pérdida, como ausencia. En México recordamos a nuestros muertos porque recordamos la vida de aquellos seres que permanecen en la memoria y en los recuerdos.

 

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El panteón de Dolores acoge a los familiares de quienes sus restos reposan, así como de cualquiera que desee pasar el Día de Muertos entre criptas y tumbas, entre risas, recuerdos y música.

 

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Las deleitosas esculturas de la Ruta de la Amistad declaradas Patrimonio Cultural de CDMX
MXCity
En el marco del 50 aniversario de los Juegos Olímpicos México 68, el Gobierno de la ciudad, a través de la Secretaría de Cultura, declaró al conjunto escultórico de la Ruta de la Amistad como Patrimonio Cultural Tangible de CDMX.

Algunos espacios de la Ciudad de México, como ya lo habrás notado, yacen perdidos en los años setenta. En 1968, en la urbe se hicieron los primeros y únicos juegos Olímpicos celebrados en el país hasta hoy. En ese tiempo se le hicieron muchas adecuaciones a la ciudad, entre ellas, una incorporación de arte urbano sin precedentes.

Hoy, estas intervenciones yacen modernistas y nostálgicas en el corredor escultórico más grande del mundo, de 17 km de longitud, “La Ruta de la Amistad”. Ahí están erguidas 19 esculturas de artistas de todo el mundo que hicieron sus creaciones para la primer Olimpiada que a la par propuso una Olimpiada Cultural. Así, simultáneamente se hacían las competencias deportivas pero también algunas propuestas más creativas desde el arte.

La Ruta de la Amistad fue parte de este proyecto, y el resultado fue un vestigio realmente valioso, pues los artistas conjugaron una tendencia modernista, y quizá sin intención de por medio, hicieron una reinterpretación que curiosamente se asemeja a la estética del arte de las culturas prehispánicas.

Aunque las esculturas en su mayoría se tratan de figuras geométricas, hay algo en ellas que llevan un esencia íntima muy precolombina; algo mexicano casi inefable.

Para que las esculturas no quedaran en el abandono se han hecho hoy nuevos programas para que las personas sigan disfrutándolas. Gracias al Programa de Intervenciones de la Ruta de la Amistad hoy se organizan conciertos, performances, y hasta obras de teatro en algunos espacios aledaños de las esculturas e incluso al interior de recintos-esculturas como el trabajo La Torre de los Vientos del uruguayo Gonzalo Fonseca.

El proyecto se gestó como una aportación permanente a la capital; y fue elaborado en el marco de los Juegos Olímpicos de México 68, por artistas de diferentes nacionalidades. La ruta está conformada por esculturas de artistas de 18 países, que están colocadas en diversos puntos de Periférico Sur.

El decreto que reconoce al conjunto escultórico como patrimonio, fue publicado en la Gaceta Oficial y reconoce que desde su origen, la Ruta de la Amistad fue el mayor evento de la Olimpiada Cultural de México 68.

En el evento en el que se dio a conocer la declaratoria, presidente del patronato Ruta de la Amistad AC, Luis Javier de la Torre González; destacó que no existe otro conjunto escultórico como este en el mundo. “Hay algunos proyectos que se asemejan pero no llegan a este contexto y sobre todo, no la copiamos; esto nació de nosotros, nació de la creatividad de los mexicanos en el tiempo de México 68. Quisiera agradecerle profundamente a la Ciudad de México que le dé su primera acta de nacimiento a la ruta después de 50 años”.

 

  • Señales (México), de Ángela Gurría
  • El Ancla (Suiza), de Willi Gutmann
  • Las Tres Gracias (Checoslovaquia), de Miloslav Chlupác
  • Sol (Japón), de Kiyoshi Takahashi
  • El Sol Bípedo (Francia/Hungría), de Pierre Szekely
  • Torre de los Vientos (Uruguay), de Gonzalo Fonseca
  • Hombre de Paz (Italia), de Costantino Nivola
  • Disco Solar (Bélgica), de Jacques Moeschal
  • Disco Mágico (Estados Unidos), de Todd Williams
  • Reloj Solar (Polonia), de Grzegorz Kowalski
  • México (España), de José María Subirachs
  • Janus (Australia), de Clement Meadmore
  • Muro Articulado (Austria-Estados Unidos), de Herbert Bayer
  • Tertulia de Gigantes (Holanda), de Joop Beljon
  • Puerta de Paz (Israel), de Itzhak Danziger
  • Sin título (Francia), de Olivier Seguin
  • Charamusca Africana (Marruecos), de Mohamed Melehi
  • Sin título (México), de Jorge Dubon
  • Puertas al Viento (México), de Helen Escobedo
  • Sol Rojo (Estados Unidos), de Alexander Calder
  • Hombre Corriendo (México), de Germán Cueto
  • Osa Mayor (México-Alemania), de Mathias Goeritz

 

 

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Guía práctica para preparar un altar de día de muertos en casa
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Los colores, tonalidades, aromas y sabores pretenden entonces convertir la experiencia de la muerte en una especie de dicha para recordar a los difuntos con animosidad.

 

Consejos para crear tu propio altar de Día de muertos.

 

El Día de muertos es una increíble festividad mexicana en donde se rinde homenaje a los antepasados que nos guiaron en vida. Esta fecha se deriva de la creencia mexica que las mariposas cruzaban el Inframundo trayendo en sus alas, por una sola noche, a los espíritus de los difuntos.

De hecho, de acuerdo con el calendario prehispánico, esta fecha se consagraba al señor de los muertos, Mictlantecuchtli. A él se le brindaba una ofrenda o un altar durante cinco días –desde el 30 de octubre hasta el 3 de noviembre en el calendario gregoriano–, en la cual se rinde un pomposo homenaje a las almas de los niños el día 31 de octubre, y a los adultos a medio día del 1º de noviembre.

Desde entonces, este homenaje a la muerte, como si el pavor ante ella pudiera desaparecer con estas embelesadoras ofrendas –casi como si pudiera escoger calmar su ira por unos días–, se ha vuelto una costumbre a lo largo y ancho del país. Los colores, tonalidades, aromas y sabores pretenden entonces convertir la experiencia de la muerte en una especie de dicha para recordar a los difuntos con animosidad.

Por esta razón hemos decidido compartirte algunos consejos para crear tu propio altar de Día de muertos, y rendir un homenaje, con tu propio estilo, a la muerte y a la vida. Para ello, necesitas los siguientes elementos:

  • Flores de cempasúchil –o la “flor de veinte pétalos”–. Se dice que sus pétalos son utilizados para trazar caminos que dirigen a las almas de la entrada del hogar a la ofrenda, además de colocarse en floreros y arcos.
  • Arcos, los cuales representan la puerta que da la bienvenida a los fieles difuntos.
  • Calaveritas de azúcar o de amaranto.
  • Pan de muerto, hay de todo tipo en la ciudad, aquí algunas recomendaciones.
  • Papel picado, el cual se cree que representa al aire, uno de los cuatro elementos omnipresentes en la ofrenda.
  • Agua, que se encargará de saciar la sed de las almas viajeras. Se trata de uno de los cuatro elementos básico de la naturaleza.
  • Retrato del difunto. Un gran símbolo de reminiscencia y celebración de la vida después de la muerte.
  • Incienso o copal, el cual es otra representación del aire y guía olfativa para los fieles difuntos que “nos visitan”.
  • Color morado, pues es el tono tradicional del luto.
  • Veladoras, como la representación del fuego. Se trata de un elemento para iluminar su camino a casa.
  • Platillos y bebidas preferidas del difunto, como el mole, pozole, tequila…
  • Dulces mexicanos para las almas de los niños.
  • Frutas. Como por ejemplo, la caña, pues representa los huesos de los difuntos.