Arte y Cultura
La impresionante obra de Peter Paul Rubens en el MUNAL
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La pieza maestra El maritirio de San Andrés, pintada en 1639 por el máximo exponente del barroco flamenco, Peter Paul Rubens, llega por primera vez a la Ciudad de México.

 

Se trata de una pieza magistral de gran formato, pues mide más de tres metros de altura, realizada un año antes del deceso de Rubens, la cual narra los momentos previos a la muerte del apóstol San Andrés, crucificado por su negativa de adorar a los ídolos paganos en la ciudad de Patras, Grecia.

 

 

El dramatismo de la escena se centra en el gesto de súplica de Maximilia, mujer de san Andrés, ante el cónsul Aegeus, representado magistralmente sobre su caballo. La dinámica figura de Andrés, crucificado en la cruz decussata o en forma de aspa, domina la composición. La amplia gestualidad de los personajes es uno de los elementos clave de la narrativa: los brazos abiertos de Maximilia, símbolo de intercesión de piedad; la tardía decisión de misericordia de Aegeus, expresada en su rostro y en su mano abierta y, especialmente, la decisión heroica y la expresión de dolor del santo, para la cual Rubens se inspiró en la escultura clásica Laocoonte y sus hijos, considerada en el Barroco como la máxima representación del dolor humano, como refiere Fernando Checa, ex director del Museo del Prado y profesor emérito de la Universidad Complutense de Madrid.

 

 

Este lienzo fue encomendado por el mercader flamenco Jan van Vucht al pintor y, luego de su muerte, donado al Hospital de San Andrés de los Flamencos en Madrid, actual sede de la Fundación Carlos de Amberes.

Durante un tiempo se exhibió en el Monasterio de El Escorial y formó parte de las colecciones del Museo del Prado, pero desde 1989 pertenece de nuevo a la fundación madrileña.

 

 

A partir de esta obra, los visitantes podrán conocer las influencias que la pintura flamenca barroca tuvo sobre grandes maestros virreinales como José Juárez, Cristóbal de Villalpando y Baltasar de Echave y Rioja.

 

 

La obra maestra de Peter Paul Rubens tuvo un costo de traslado a México de 1.5 millones de pesos para exponerse en el Museo Nacional de Arte. La secretaría de Cultura y la Fundación Carlos de Amberes traen la pieza El Martirio de San Andrés, con más de 300 años de antigüedad. 

De estilo flamenco barroco la pieza retrata el martirio de San Andrés que se negó a adorar a dioses paganos en Grecia.

El curador Héctor Palhares Meza, historiador de arte por la UNAM detalló que la relevancia de que este cuadro se encuentre en el Munal no es casualidad, pues Rubens ha inspirado a la mayoría autores de arte novohispano que conforman las exposiciones permanentes del museo.

La exhibición, dijo, es una oportunidad para que el público se acerque a un artista de referencia que inspiró con su estilo de contrastes lumínicos y la viveza en las expresiones de maestros del Virreinato como Cristóbal Villalpando, Nicolás Enríquez, Hipólito de Rioja y Baltasar de Wchave y Rioja.

El público podrá contemplar esta magna obra del 5 de septiembre al 8 de diciembre de 2019 gracias al préstamo de la Fundación Carlos de Amberes.

 

 

El maritirio de San Andrés

Dónde: Tacuba 8 Col. Centro (Área 2), C.P. 6010, Deleg. Cuauhtémoc México

Cuándo: 5 de septiembre al 8 de diciembre de 2019, de martes a domingo, 10:00 – 18:00 hrs.

Cuánto: $70

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Cuauhtémoc: el último tlatoani mexica y combatiente de Hernán Cortés
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Cuauhtémoc  fue el último tlatoani mexica quien tomó el mando de su pueblo en medio de la guerra definitiva con los españoles.

Cuauhtémoc, el tlatoani que defendió México-Tenochtitlan de los españoles.

 

 

 Cuauhtémoc, en náhuatl “el águila que descendió” fue conocido por los conquistadores españoles como Guatemuz, y el último tlatoani mexica de México-Tenochtitlan. Asumió el poder en 1520, un año antes de la toma de Tenochtitlan por Hernán Cortés y sus tropas.

Cuahtémoc fue hijo de Ahuizotl, primo de Moctezuma Xocoyotzin y Tecuichpo, cuando asumió el poder los conquistadores ya habían sido expulsados de Tenochtitlan, pero la ciudad estaba devastada por el hambre, la viruela, y la falta de agua potable.

 

 

A la llegada de los españoles a Tenochtitlan, Cuauhtémoc era un joven guerrero que había recibido, alrededor de 1515 d.C., el cargo de tlacatécatl en la ciudad de Tlatelolco. Contaba con los méritos suficientes para tal nombramiento: era de origen tenochca, pertenecía al linaje gobernante y se había destacado en el campo de batalla, todo ello junto con su relación por vía materna con la nobleza local.

El joven príncipe asistió al calmecac, el centro de instrucción de todos los nobles, y al cumplir los 15 años completó su educación en el telpochcali, la escuela obligatoria en la que todos los varones aztecas recibían la formación militar. Pronto destacó como combatiente, y tras alcanzar el grado de tlacatécatl lideró los ejércitos de Moctezuma en diversas campañas, lo que le valió el mando militar de Tlatelolco, la ciudad gemela de Tenochtitlán.

 

 

 

Tras la matanza cometida por Pedro de Alvarado en el Templo Mayor, el 20 de mayo de 1520, Cuauhtémoc se sumó a la rebelión contra los invasores. El 30 de junio, en la conocida escena en la que Moctezuma salió a una azotea de su palacio para intentar calmar los ánimos de sus compatriotas, Cuauhtémoc lo imprecó con violencia: “¿Qué es lo que dice ese bellaco de Moctezuma, mujer de los españoles, que tal se puede llamar, pues con ánimo mujeril se entregó a ellos de puro miedo y asegurándose nos ha puesto todos en este trabajo? No le queremos obedecer, porque ya no es nuestro rey, y como a vil hombre le hemos de dar el castigo y pago”.

Una fuente afirma incluso que de su mano partió una de las piedras que mataron al emperador. El príncipe participó en primera línea en la expulsión de los españoles de Tenochtitlán, durante la llamada Noche Triste. Cuauhtémoc, el último tlatoani se preparó para defender su capital de la contraofensiva de Cortés, que comandaba un ejército formado por 900 españoles y 150.000 aliados. Ordenó hacer más profundas las acequias, izar los puentes que unían la ciudad a tierra firme y hacer acopio de armas y víveres para llenar los silos de Tenochtitlán.

 

 

 

Se reunió con tarascos y tlaxcaltecas, sus eternos enemigos, para apelar a la unidad indígena frente al extranjero y ofreció a sus tributarios importantes ventajas fiscales a cambio de su lealtad. Cuando Cortés se aproximó a la ciudad, Cuauhtémoc rechazó todas las ofertas de rendición e incluso hizo ejecutar a dos hijos de Moctezuma partidarios de la negociación. A pesar de todos los preparativos llevados a cabo por Cuauhtémoc, nada impidió que los españoles pusieran sitio a Tenochtitlán y la bloquearan gracias a los bergantines que construyeron para navegar por la laguna que rodeaba la ciudad.

Esto obligó a Cuauhtémoc y los suyos a retirarse a Tlatelolco, donde “de hambre y sed morirían, porque no tenían que beber sino agua salada de la laguna”. En poco tiempo, la situación se volvió desesperada y así lo comunicó Cuauhtémoc a sus generales, pero éstos resolvieron seguir con la guerra. El tlatoani les advirtió que “en adelante ninguno osase demandarle paces o lo mataría”.

 

 

 

A finales de julio de 1521, los templos ardían, los cadáveres llenaban las calles y los indígenas que combatían junto a Cortés hacían estragos entre los odiados mexicas. Cuauhtémoc seguía decidido a no rendirse, hasta que el 13 de agosto, cuando los españoles y sus aliados dieron el asalto final a Tlatelolco, trató de escapar en una canoa junto con su familia y algunos altos dignatarios para proseguir la lucha en otro lugar.

Sin embargo, los españoles divisaron a lo lejos la canoa en la que huía el emperador y le cortaron el paso con un bergantín, ante lo cual Cuauhtémoc, “viendo que era mucha la fuerza de los enemigos, que le amenazaban con sus ballestas y escopetas, se rindió”. Cuauhtémoc fue llevado a presencia de Cortés, que había asistido a la batalla final, el tlatoani exclamó ante el conquistador: “¡Ah capitán! Ya yo he hecho todo mi poder para defender mi reino y librarlo de vuestras manos, y pues no ha sido mi fortuna favorable, quitadme la vida, que será muy justo, y con esto acabaréis el reino mexicano”.

 

 

 

Los conquistadores tenían la vista puesta en el oro, y particularmente en el tesoro que habían dejado en Tenochtitlán tras su huida durante la Noche Triste. Cortés se reunió de nuevo con Cuauhtémoc para preguntarle dónde estaba el oro, y decidió someterlo a tortura para arrancarle una confesión. Lo ataron a un poste y metieron sus pies, tal vez también sus manos, en aceite hirviendo. Al ver que su primo, el señor del Estado aliado de Tacuba, le suplicaba con la mirada que confesara, Cuauhtémoc “lo miró con ira y le preguntó si estaba él en algún deleite o baño”. Finalmente explicó que, poco antes de la caída de la ciudad, los dioses le habían revelado que el fin de Tenochtitlán era inevitable, tras lo que ordenó arrojar todo el oro a un pozo en la laguna. Los buceadores españoles, sin embargo, no encontraron allí nada de valor.

En octubre de 1524, Cortés salió de Tenochtitlán en dirección a Honduras para reprimir la rebelión de otro conquistador, Cristóbal de Olid. Se llevó consigo al tlatoani y sus principales a fin de evitar una insurrección en México. El 28 de febrero de 1525, Cortés ordenó que interrogaran por separado a Cuauhtémoc y al señor de Tacuba y “sin haber más probanzas los mandó ahorcar. Y fue esta muerte que les dieron muy injustamente dada, y pareció mal a todos”, sentenció el cronista

Epigmenio González, el insurgente que ayudó a forjar a la patria y fue olvidado
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Epigmenio González es el insurgente que fue olvidado por más de 20 años, y que jamás quiso saber nada de homenajes por sus servicios a la patria que ayudó a forjar.

Los hermanos González tuvieron una vida difícil.

 

Epigmenio González fue uno de los primeros insurgentes independentistas de la colonia española en México. Hoy en día casi está en el olvido. Tuvo una vida longeva pero trágica, no solo que lo alejó de su país natal, sino también de los libros de historia.

José María Ignacio Juan Nepomuceno Aparicio Epigmenio nace el domingo 22 de marzo de 1781, a las orillas del poniente de la ciudad de ese Querétaro que aún pertenecía a España, cuando su acueducto tenía la primera capa de estuco y las casas de los peninsulares ricos tenían esclavos; cuando las reformas borbónicas apretaban más el cinturón sobre las colonias hispanas y el saber leer y escribir no era siquiera imaginado para la gente pobre como él.

 

 

Epigmenio González fue dueño de una tienda de abarrotes localizada en la plaza queretana de San Francisco. Participó activamente en las tertulias literarias organizadas en la casa del corregidor Miguel Domínguez, donde comenzó a trazar un plan de independencia cuyo objetivo primario era la creación de una Junta de Gobierno. Sus principales integrantes fueron: la esposa del corregidor Josefa Ortiz, Miguel Hidalgo y Costilla, Juan Aldama e Ignacio Allende .

Epigmenio, junto a su hermano Emeterio, simpatizaron y cooperaron con la causa insurgente fabricando y almacenando cartuchos en su domicilio; antes de esto, vendían cueros de res, zaleas de borrego y oveja, pieles de chivo y cabra, sebo, manteca, gallinas y pollos, maíz, frijol, cebada, chile, garbanzo, trigo, paja, jarcia, carbón, leña, piloncillo de la sierra, tuna de todas clases y, además de ofrecer las novedades del mercado del Parián de Ciudad de México, delicias de criollos, peninsulares y de las cocinas conventuales.

 

 

Emeterio, luego de años de estar preso murió en los calabozos. Esto ya que el 13 de septiembre de 1810, fueron denunciados por Francisco Buera ante el cura Rafael de León. El viernes 14 de septiembre, justo en el levantamiento de la independencia de nuestro país, ambos hermanos fueron aprehendidos y trasladados a la Ciudad de México.​

Apresado Epigmenio González, se le descubrió cómplice de un levantamiento que tenían premeditado varios individuos. En su casas se encontraron balas y cartuchos, según refirió Francisco Javier Argomániz, vecino de la ciudad de Santiago de Querétaro en el año de 1810.

 

 

El diario de Francisco Javier Argomániz se volvió un documento histórico, que decía que el corregidor don Miguel Domínguez correría la misma suerte de ser aprendido al igual que otros vecinos de su ciudad natal. En dicho diario quedarían plasmadas las noticias de que se iba enterando por periódicos, chismes o por ser testigo.

En el diario también contaba con pocos detalles cómo atacaron los independentistas la ciudad de Celaya; cómo murió el “revoltoso” cura Miguel Hidalgo y que habían encontrado documentos en la celda de Epigmenio. Documentos por los que sería condenado a muerte por andar incitar a la gente a levantarse en armas desde la cárcel, en lugar de haberse acogido al indulto real y recuperar su libertad, sus bienes, su buen nombre y su buena posición social, como súbdito responsable y formal de la Corona española que había sido, desde que heredara la famosa tienda La Concepción, en pleno centro de la ciudad queretana, frente a un imponente conjunto franciscano.

 

 

 

Epigmenio, a pesar de su encierro, desde la cárcel sigue participando en la conspiración de Ferrer, en la misma ciudad de México, y al ser descubierto de nuevo, fue conminado a revelar los detalles de la conspiración pero guardó silencio y rechazó el indulto ofrecido.

Mientras la lucha por la independencia seguía a lo largo de la Nueva España, los hermanos González solo iban de cárcel en cárcel. Emeterio muere en 1813 en un calabozo y, un par de años después, a don Epigmenio le encuentran un panfleto que la Santa Inquisición refirió como “libelo infamatorio, incendiario, cismático, fautor de herejía, respectivamente herético en algunas proposiciones y sumamente injurioso y ofensivo al Santo Oficio”, por lo que lo condenaron a muerte.

 

 

A punto de llevarse a cabo la sentencia contra Epigmenio, llegó un correo a Querétaro que trae una orden judicial, en la que se permuta la pena de muerte por el exilio en las islas Marianas (en el Pacífico) por diez años, los que devinieron en veinte pero en las Filipinas, al sur de la lejana China.

La historiografía oficial da cuenta de las batallas y los altibajos sucedidos durante los once años que duró la guerra, pero habría que rascar un poco más para enterarse de qué es lo que sucedía en otros frentes, como en los calabozos de la ciudad de Querétaro, en los interminables juicios por infidencia, en las ejecuciones por fusilamiento, en la horca o la biepicota, además de la mutilación de miembros en la Plaza de Armas, donde aún se encuentra el Palacio de Gobierno.

 

 

Primero llegó a Japón y de ahí a las islas Marianas y finalmente a Filipinas, archipiélago compuesto por más de cinco mil islas e islotes, donde los idiomas ilocano, tagalo y docenas más serán los que escuchará durante los siguientes veinte años. Los presos en aquellas islas son los que la Corona española consideraría más peligrosos y dignos de arrinconar, hacinados y enojados: piratas, asesinos, estafadores, violadores de diferentes nacionalidades, como ingleses, franceses, holandeses, chinos, hindúes, malayos y otros.

En 1821, al consumarse la Independencia de México, permaneció en Filipinas, pues ese territorio todavía dependía de España. En México se le daba por muerto; un callejón frente a la Plaza de Armas de Querétaro llevaba su nombre desde 1827; su pensión por servicios prestados a la patria la cobraban entre su prima y aquellos niños huérfanos que recogiera. Aunque había sido nombrado Benemérito de la Patria él seguía vivo al otro lado del mundo.

 

 

Fue en 1836, dos años después de firmarse el Tratado de México con España, cuando Epigmenio finalmente pudo regresar a su patria, estaba enfermo, renco y no tenía como regresar a México. Pero consiguió de las autoridades de Filipinas pasaje para España y allí, tras buscar por todos los medios, un comerciante se compadeció de él y le prestó dinero.

Cabe destacar el poco reconocimiento a éste héroe conspirador original de los inicios de la independencia de México, al regresar a su patria en 1838 nadie lo recordaba. En 1839, el entonces presidente Nicolás Bravo lo nombró vigilante de la Casa de Moneda de Guadalajara.

Un periodista lo conoció y Epigmenio pudo contar su historia al periódico “La Revolución” en 1855. No obstante, falleció el 19 de julio de 1858, a los 80 años de edad.​ El 13 de septiembre de 1989 fueron trasladados sus supuestos restos al Panteón de los Queretanos Ilustres.

Gilberto Bosques Saldívar, una historia de honor, salvamento y humanidad
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Gilberto Bosques Saldívar, el diplomático mexicano cuya labor en la Francia ocupada por la Alemania Nazi salvó la vida a más de 30 mil refugiados.

Conoce la historia de Gilberto Bosques, el Schindler mexicano.​

 

 

Gilberto Bosques Saldívar es un poblano de la ciudad de Chiautla de Tapia, nacido el 20 de julio de 1892. Fue profesor, periodista, político y diplomático mexicano cuya labor en la Francia ocupada por la Alemania Nazi salvó la vida a más de 30 mil refugiados, y  ha sido relacionada con la del empresario alemán Oskar Schindler,1​2​ famoso por la película de Steven Spielberg.

Más conocido como el Schindler mexicano, también fue combatiente en la Revolución Mexicana, defensor de la soberanía nacional, político progresista y diplomático distinguido por su pasión por México y su extraordinaria labor humanitaria.

 

 

Como Cónsul General de México en Francia, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando se dedicó a coordinar las tareas de obtención de visas de tránsito y pasajes de barco para miles de refugiados de la guerra civil española, judíos alemanes y austriacos que huían del exterminio nazi, y perseguidos políticos de otras nacionalidades. Según diferentes cálculos, cerca de 30.000 personas salvaron su vida y encontraron refugio en México gracias a la ayuda de este gran hombre que supo poner la diplomacia al servicio de la libertad.

Maestro de vocación y traductor, Gilberto Bosques Saldívar también dirigió el diario El Nacional, además de que fundó y escribió en multitud de revistas revolucionarias; de líder estudiantil maderista pasó a encargarse de la reforma educativa en los estados de Campeche, Yucatán y Tlaxcala bajo las órdenes de Venustiano Carranza, y luego a diputado de Puebla y a responsable de Geográfica Económica del Ministerio de Industria ya en los años 30.

 

 

 

Es en 1938, y nombrado por Lázaro Cárdenas, cuando llega a París con cargo diplomático. Cárdenas tenía depositada en él una gran confianza. El gobierno de Lázaro Cárdenas ya se había movilizado para entregar armas al ejército republicano durante el conflicto civil español, garbanzos y lentejas al pueblo, base de la alimentación racionada del bando vencido.

Cuando en 1939 estalla la Segunda Guerra Mundial en Europa, hay cerca de 500.000 refugiados españoles errantes en Francia a los que la guerra europea atropella de nuevo. Muchos malvivían al raso o en cabañas de urgencia en campos de internamiento como los de Argelès-sur-Mer, Saint Cyprien, o entre la polvareda de la fábrica de tejas de Les Milles, en Aix, Provence.

 

 

 

El primer paso para ayudar a los refugiados diseminados por los campos de internamiento franceses fue la creación del Servicio de Evacuación de Republicanos Españoles (SERE), por medio del cual se canalizaría ayuda a los españoles tanto en los campos como en el viaje hacia México. El dispositivo nacía bajo la órbita de Juan Negrín, último presidente democrático que tendría España en 40 años.

Ante el SERE, el candidato al exilio tenía que justificar su condición de español y de refugiado político. En 1939, al estallar la Segunda Guerra Mundial, unas 230 mil personas en suelo francés estaban en condiciones de alegar esta situación. El problema es que muchas vivían en los campos de internamiento del sur de Francia y el acceso a estos inquilinos incómodos dependía de la buena voluntad de los responsables de policía, aun cuando el estado francés anhelaba desentenderse de un problema que lo sobrepasaba.

 

 

 

El cuerpo diplomático mexicano envió a los 18 campos de refugiados inspectores con folletos informativos con las condiciones para emigrar a México. La tarea requería cierta urgencia y mucha prudencia porque los mexicanos no eran los únicos que trataban de que los exiliados abandonasen los campos: los enviados de Franco hacían su trabajo al mismo tiempo, pero argumentando las bondades del retorno a España. Bosques no podía decirles a los exiliados que no escucharan a los franquistas, pero informando que México estaba dispuesto a ayudarlos y que les facilitaba los trámites les advertía de alguna manera de que no debían regresar a España.

Entre mayo y septiembre de 1939 parten hacia México los primeros barcos con refugidados: el Sinaïa, con 1,599 pasajeros a bordo, el Ipanema, con cerca de 1,000 refugiados, y el Mexique, con más de 2,000. En septiembre de 1939 el inicio de la Segunda Guerra Mundial suspende las evacuaciones. Las largas listas de espera llegaron a causar cierto malestar, pero Bosques no era partidario de hacer distinción entre exiliados políticos, intelectuales y republicanos de a pie. Era muy consciente de que México necesitaba tanto a obreros como a intelectuales.

 

 

 

En verano de 1940, y tras la ocupación nazi de París, Gilberto Bosques abandona las oficinas de la Embajada de México en la calle Longchamps de París. Su destino será Marsella, una ciudad “libre” de la ocupación nazi pero presa de un gobierno colaboracionista, el del mariscal Pétain, y de espías alemanes o de países aliados, como Japón,  que se instalaban en los mismos edificios donde los consulados organizaban con la respiración contenida la huida de las previsibles víctimas. Allí se establece el consulado, mientras que la delegación mexicana, a cargo del embajador Luis I. Rodríguez, lo hará en Vichy.

La política contra los judíos se recrudece y refugiados de toda Europa llaman a la puerta de Bosques pidiendo auxilio. Todo aquel que justificaba su condición de refugiado obtenía inmediatamente una carta que, al menos en teoría, lo protegía de extradiciones o detenciones arbitrarias. Para evitar que miles de refugiados fueran a parar dentro del programa gubernamental que forzaba a los extranjeros a integrarse en trabajos púbico, y que llenó las obras públicas y las minas de refugiados, Gilberto Bosques organizó también un servicio de empleo con empresas interesadas en la contratación de los exiliados.

 

 

 

El consulado mexicano pagaba a diario la comida de 2.500 refugiados en una veintena de restaurantes de Marsella. También se habilitaron los castillos de La Reynarde y de Montgrand, dos casonas abandonadas de Marsella convertidas en territorio diplomático a finales de 1940, como residencia de unos 500 refugiados republicanos españoles. El cónsul responde también ante refugiados procedentes de Austria, Polonia o Alemania que huyen del antisemitismo. Pero en este caso el gobierno mexicano impondrá límites estrictos: los judíos pueden venir a México pero tendrán que comprometerse por escrito a no quedarse. El documental Visa al paraíso de Lillian Liberman ofrece numerosos testimonios de estas familias judías que alcanzaron México con la ayuda de Gilberto Bosques.

En noviembre de 1942, Marsella es ocupada por los alemanes. Las oficinas de la legación mexicana en Vichy son asaltadas por los nazis y Gilberto Bosques es llevado a Bad Godosberg, en Alemania, donde experimentará 13 meses de reclusión, hasta marzo de 1944.  En Abril de 1944 es trasladado a Lisboa, donde forma parte de un canje por diplomáticos alemanes que habían sido capturados por los aliados.

 

 

Al regresar a México, en la estación de ferrocarril, miles de refugiados que gracias a él obtuvieron su “visa al paraíso”, lo esperaban para brindarle su más cálida bienvenida. Atrás quedaban 20 mil republicanos exiliados en México, 30 mil visados concedidos y más de 120 mil refugiados españoles atendidos en alguna de las modalidades de ayuda del consulado mexicano.

Aparte de la firmeza en sus convicciones y en los valores que defendía, lo que más impresionó de Gilberto Bosques fue su modestia. Cuando se le hablaba de todo lo que él había hecho para ayudar al prójimo, a la gente perseguida, a los refugiados, él decía: “¡Si no fui yo solamente, fue México!”.

Conoce sobre el papel de las mujeres aztecas
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Las mujeres aztecas fueron enormes cocineras, tejedoras, sacerdotisas y curanderas a las que se les debe el éxito de los aztecas como imperio.

Las mujeres fueron una pieza clave para el poderío del México Tenochtitlan.

 

 

Mucho se habla de los tlatoanis y guerreros aztecas, así como de los sacerdotes o la organización de los tenochcas antes de la conquista. Pero muy poco se habla del gran papel que jugaron las mujeres aztecas en su comunidad, sobre las condiciones y el entorno social en el que se desarrollaron.

En esa época tanta las mujeres como los hombres eran partes distintivas e interdependientes, aunque en general estaban cada vez más sujetos a una ideología de jerarquía de género patrocinada por el estado azteca. Esta ideología glorificó a los guerreros masculinos y retrató a las mujeres como agentes del desorden cósmico y enemigos destinados a la conquista.

 

 

Existen algunos documentos del siglo XVI que indican que la igualdad de género prevalecía en muchas áreas de la vida azteca. Tanto hombres como mujeres aztecas se consideraban relacionados con las familias de su madre y de su padre y podían poseer casas, tierras y bienes muebles, y heredaban estos activos por igual. Ambos tenían posiciones paralelas de autoridad pública en el mercado, en casas de hombres jóvenes y mujeres jóvenes así como en templos. Las mujeres del mercado y las mujeres nobles controlaban una riqueza sustancial.

La mujer tenía varios roles en su vida y en la sociedad azteca. No estaban destinadas a la guerra aunque sí a diversas tareas domésticas y seguía estrictos códigos de conducta para tener a un hombre, como ser modesta, recatada, simple de comportamiento, ya que usaban ropa de colores brillantes y joyas brillantes. El oro, las plumas y las piedras preciosas hicieron que una mujer fuera más deseable, y por lo tanto las mujeres nobles querían ser las más deseables. La mujer azteca llevaba el pelo largo y liso, y solo las sacerdotisas se cortaban el pelo corto o calvo para simbolizar su castidad. El uso de maquillaje estaba reservado para las prostitutas aztecas.

 

 

Las mujeres pasaban horas moliendo maíz, cultivaban y cuidaban a los animales. Aunque también podían dirigir negocios relacionados con la elaboración o el tejido, para vender o intercambiar ropa. Si la madre decidía que su hija fuera sacerdotisa se le enseñaba a leer, escribir e interpretar pictografías, así como el calendario. Las sacerdotisas en realidad desempeñaban un papel importante en los rituales religiosos, mantenían el templo limpio y encendían los fuegos.

Las niñas que no eran sacerdotisas aprenderían todo para llevar una casa: tareas domésticas, tejer, moler el maíz, etc. A los quince años irían a la escuela para aprender más habilidades de tejido y decoración, y si no se casaban a esa edad podían seguir en la escuela hasta los veinte años.

 

 

Las mujeres aztecas también podían ser cortesanas o prostitutas, de todas las personas no se les había tratado con negatividad o eran marginadas, ya que comúnmente bailaban con guerreros valientes. Para las mujeres nobles había más opciones ya que podrían servir a los emperadores como secretarias, escribas o incluso como contadoras y administradores generales.

Las mujeres que se dedicaban a servir a las deidades en sus templos recibían el nombre de cihuatlamacazque: servidoras de los templos. Estas sacerdotisas recibían su educación en el Cihuacalmecac donde aprendían religión, astronomía y tejido, y otras materias. El Cihuacalmecac estaba situado frente al Calmecac destinado  de los hombres.

 

 

A las mujeres se les debe mucho de la gran gastronomía y alimentación que tenemos hasta hoy en día, ya que la masa que palmearon se convirtió en tortillas, y cuando se mezcló con agua y se hirvió se hizo el atole, y en cuando se envolvió en hojas de maíz y se coció al vapor se hicieron tamales. El maíz se condimentó con muchas salsas y frijoles, tomates, aguacates, tomatillos, chiles, calabazas, nopales, champiñones, semillas de calabaza molida, aves acuáticas, peces, conejos, pavos y perros.

Documentos del siglo XVI muestran a mujeres vendedoras y comerciantes de productos agrícolas como hierbas silvestres, sal, antorchas, leña, alimentos preparados y textiles, y algunas de ellas lograron hacerse ricas. Las mujeres trataron enfermedades y promovieron el parto con medicamentos a base de hierbas, terapia de masajes y tratamientos de baños de sudor, con lo que lograron asociarse con el poder generativo de la tierra oscura, húmeda y fértil.

Sin duda, el aporte histórico y cultural de las mujeres fue de gran importancia para la antigua civilización mexica, y muchas de sus creaciones siguen tan vigentes como hace mil años.