Gastronomía
Mole, pipián y adobo: los tres grandes de la cocina mexicana
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Muchas versiones como mesas; desde Nogales hasta Ciudad Hidalgo, y de Nayarit a Chiapas, todos hemos probado estas delicias culinarias.

Salsas míticas que no han dejado de evolucionar.

 

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La triada de estas preparaciones representa muchos alimentos tradicionales a lo largo del país, pero también representan una gran oportunidad de experimentar para crear nuevos sabores que no se alejen de lo 100% mexicano.

El mole toma nombre del término náhuatl mulli, que designa a una salsa espesa muy variada en colores y sabores que, no obstante, se elaboran básicamente igual. El mole es el resultado básicamente de una mezcla de chiles y semillas, que puede ser muy sencilla o compleja pues el proceso puede ir desde tatemar chiles hasta molerlos en molcajete, que no licuadora.

 

 

Su influencia española la vemos en el uso de caldos de pollo o res para disolver la pasta, pero originalmente, el mole pertenecía a las mesas de la elite azteca. Podríamos decir que el mole que conocemos hoy es muy barroco, tanto por su procedencia por su elaboración, que puede ser muy recargada de elementos y durar horas.

Pero como en México una palabra puede variar en su significado por la zona, mole también define a los caldos como el famoso mole de olla, el de panza de Tlaxcala o el michmole.

 

 

Pipián o pepián, ambos son correctos porque vienen de pepita, el ingrediente que les da el nombre y que lo distingue de la mole. Como su preparación es similar a la de su primo el mulli, suelen confundirlos, baste decir que la distinción va del protagonismo que toma la pepita de calabaza.

La pepita va tostada y molida con otras especias, no siempre lleva chiles, y normalmente compaña a las aves, pero no falta la receta donde acompañe a otra proteína.

 

 

A diferencia de los anteriores, el adobo es una salsa ligera que cumple la función de marinar carnes, su elaboración de no se aleja de las anteriores ya que básicamente también se trata de una mezcla de chiles, pero con una modificación importante en la cantidad de vinagres y aceites.

El cerdo es el que normalmente se baña con esta delicia culinaria, pero también puede acompañar a pollo, res, pescado y hasta iguana; incluso existe un guiso que no lleva carne, es el epatlaxtli, lentejas en adobo.  

 

 

Los elementos más frecuentes en su preparación son los chiles guajillo, ancho y pasilla, pimienta, clavo, canela, tomillo, orégano, comino y ajo. Aquí el vinagre es el que hace la diferencia.

Gracias a estos tres exponentes de la cocina nacional, hay muchos chefs mexicanos que han alcanzado fama internacional como, Enrique Olvera con su "Mole Madre", que es plato tradicional pero calentado una y otra vez por más de mil días.  

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Caldo de Piedra, la historia y receta de un platillo ancestral
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Los chinantecos de Oaxaca continúan preparando este sencillo y delicioso caldo que además se consume en el sur de Veracruz

La receta prehispánica del Caldo de Piedra aún se conserva intacta.

 

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Cuando escuchamos "Caldo de Piedra" pensamos en aquella historia que narra la astucia de un viajero que logra unir a toda una comunidad por medio de la aportación de cada uno de sus miembros? pero también es el nombre de un antiguo platillo prehispánico.

El Caldo de Piedra surgió en la región de Chinantla, Oaxaca, su preparación costa prácticamente de lo mismo que aquella famosa narración pues se trata de todo un ritual que involucra a la comunidad que tiene como fin honrar a sus mujeres y festejar la alianza entre los pobladores por medio de su gastronomía.

 

 

Una de las principales características de este caldo es que sólo es preparado por hombres, son ellos lo que se dividen todas las tareas necesarias, pescar, preparar los ingredientes y por último están los que recolectan, lavan y calientan hasta por tres horas las piedras de río.

Al tratarse de una receta prehispánica, los ingredientes son frescos, directos de la huerta. Jitomate, chile verde, cebolla, ajo, hierba santa, pescado y camarón de río. En Usila, Oaxaca, le agregan cilantro, epazote, cebollín y chile seco.

 

 

Su preparación es un espectáculo auténticamente bello:

en una jícara grande con agua, se agregan rebanadas de jitomate, chile verde, cebolla en rodajas, ajos machacados y la hoja de la hierba santa; posteriormente se agregan dos o tres piedras calientes al rojo vivo que llevan el a su punto de ebullición y a la casi instantánea cocción de los ingredientes.

 

 

 

Cocidas las verduras, se añaden trozos de pescado y camarones, cuando están en su punto, los hombres entregan la jícara a sus esposas, madres, hermanas e hijas, que ya esperan en la mesa.

El caldo, se come en la misma jícara en la que fue elaborado.

 

 

Amor, unidad y respeto, son las palabras que definen esta experiencia culinaria que solo los oaxaqueños celebran y preparan con el corazón. Reproducirlo es una falta de respeto a esta tradición y además representa todo un reto pues se requieren de piedras específicas y a apegarse a las tres formas que existen para prepararlo.

El de "piedra sobre piedra" tiene un sabor "mineral" que resalta el sabor de los mariscos, éste se elabora en el hueco de una roca.

 

 

El de agujero, que se prepara en las arenas de la orilla del río, y que va forrado de hojas, lleva el sabor fresco de las hojas. Y el de "jícara", que es el que mejor expresa el sabor de cada uno de sus ingredientes.

Las piedras de río que se utilizan son seleccionadas por los ancianos, se limpian y luego se calientan hasta por tres horas. No cabe duda que es un ritual de dedicación y cariño.

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Chochas o flor de izote, la joya de la gastronomía tamaulipeca
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La flor de izote se come en tacos, con arroz y en quesadillas que además de el oro blanco tamaulipeco es parte su gastronomía.

La flor de izote es hermosa y tiene un sabor muy peculiar.

 

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La yuca o pita es una planta endémica del altiplano tamaulipeco que florece entre los meses de enero y febrero. Estas curiosas florecillas blancas se llaman flor de izote, pero también se conocen como chochas en la zona que además las consume.

Los municipios de Bustamante, Jaumave, Palmillas, Miquihuana, Tula y Ciudad Victoria, con las principales en consumir este manjar que crece en el semidesierto y, que por lo tanto, es imposible de calcular su producción, ya la gente solo las cosecha, igual que el oro que guarda la tierra, las chochas se encuentran.

 

 

 

Su venta se da por todo el territorio de Tamaulipas, sobre todo en los mercados donde los precios pueden variar desde bolsitas de $25 pesos hasta racimos de $200, costos que pueden variar después con el regateo o la oferta.

Al ser una consumible sin inversión de cultivo, su ganancia es total; pero los que la consiguen opinan diferente, ya que hay que ir al desierto a conseguirla en el momento adecuado, antes de que abra la flor, a lo que se suma que sólo se puede conseguir un par de meses.

 

 

 

De acuerdo con una investigación del Instituto de Ecología Aplicada de la Universidad Autónoma de Tamaulipas (UAT), las chochas tienen 36 por ciento de proteína, 30 por ciento de carbohidratos y solo 1.9 de grasas, a sabiendas de su rendimiento nutrimental, en la zona se consume también por adjudicársele propiedades curativas.

Su consumo ha ido variando mucho con los años pues, aunque aún es un platillo muy hogareño, con los años ha ido ocupando un espacio importante en los restaurantes gourmet de la zona.

 

 

 

Tradicionalmente se preparan con huevo y piquín (también endémico) pero ya se les puede encontrar en compañía de proteínas como el puerco. Para algunos la flor es tan deliciosa, que es mejor disfrutarla sin opacarla con otro sabor.

El objetivo principal de su preparación es no amargarlas, para lo cual se recomienda "deshojarlas" con atención. A las flores que ya vienen abiertas se les debe quitar el centro para dejar únicamente los pétalos, a los botones -flor cerrada- se les corta el "rabo" para sacar el pistilo y el polen, que dicen, es lo que amarga el platillo.

 

 

Una vez limpias se pican para vaciarlas en una olla con aceite bien caliente durante 5 minutos, después de agrega sal y ajo picado finamente, a la preparación se le da vuelta para integrar los ingredientes que se deseen.

Las chochas representan la identidad y cultura de Tamaulipas, de donde son endémicas, y donde nacen sin ser cultivadas.

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La Ex Hacienda San Andrés Ayapango, una edificación del siglo XVI
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Cerca del Parque Nacional Izta-Popo se encuentra un lugar para relajarse por completo del caos de la gran ciudad.

En la Hacienda San Andrés el caos citadino se te olvidará.

 

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La Hacienda San Andrés es un lugar para desconectarte de la rutina diaria y entrar en las instalaciones de un lugar hermoso, alejado de la vida urbana, donde podrás vivir la experiencia disfruta de la vida de campo por unos días.

Esta Hacienda se caracteriza por ser un lugar autosustentable, con paneles solares para reducir el uso de energía eléctrica y es un sitio que produce sus alimentos ya que tienen huertos y una linda granja.

 

 

 

Es una antigua edificación del siglo XVI con cientos de hectáreas que alguna vez fueron utilizadas para la explotación de madera usada en las construcciones de ferrocarriles.

Más tarde, durante la Independencia de México vio ir y venir a los revolucionarios y federales ya que usaban la casa como cuartel secreto.

Años después la propiedad fue comprada por un productor de cine y televisión quien reconstruyó el lugar para hacer un centro de producción, aunque también fungía como terreno para sembrar granos y criar reses.

 

 

 

 

La estructura ha sido inspiración para diversos documentales, programas para niños y adultos, así como también para películas de ficción y aventura. S lugar fue visitado muchos directores, actores, actrices y artistas reconocidos, además, varias de las pinturas y obras de la hacienda se encuentran en las paredes de este sitio.

Hoy en día, el edificio funciona como hotel y spa con objetivo de traer el campo a la ciudad para brindar un servicio innovador y único para los que se hospedan dentro de sus enormes cuatro paredes.

 

 

El Hotel tiene nueve habitaciones y cada cuarto tiene una decoración única, haciendo más especial tu estadía. Dentro de las habitaciones se espera que te desconectes de los aparatos electrónicos para que encuentres una armonía ideal para una plena relajación y olvidarte del estrés de las redes y también de la urbe.

Aquí puedes salir a caminar dentro de las grandes hectáreas y observar los atardeceres con vista a los volcanes, también se cuenta con un grandioso laberinto el cual se puede recorrer en grupos.

 

 

También se realizan paseos a caballo, bicicletas, futbol, porterías para el gol-para, tombling, papalote, frisbee y cuando se cansen de no dejar de moverse. Una de las cosas más vistosas dentro de la hacienda es el huerto en donde se siembran y cultivan diferentes frutas y vegetales ricos en nutrientes.

Hay una granja en la cual se procura darle una vida plena a los animales para obtener mejores carnes. El pequeño invernadero es experimental con productos de diversos climas.

En el menú encuentras especiales que se preparan con ingredientes que ellos cosecharon y, se tienen pláticas sobre la preparación de la tierra, la composta, sobre fermentos e insecticidas naturales elaborados por ellos.

 

 

Aquí podrás disfrutar de exquisitos platillos con los hongos silvestres en temporada en la Hacienda San Andrés Ayapango en Estado de México. Todas las mañanas se sirven desayunos continentales y a la carta. Como en toda hacienda, no puede faltar la capilla, ésta es del siglo XVI, que se construyó sobre un centro ceremonial prehispánico.

En los jardines de la hacienda, se exhibe una obra de Diego Rivera, La Era. Cuentan que este es el primer cuadro que se le conoce al pintor, y retrata los campos de la hacienda con vista a los volcanes. La experiencia de Hacienda San Andrés es que te conectes con la tierra y con los alimentos naturales que nos brinda.

 

 

https://www.instagram.com/p/CFKq9GqHUBn/

 

 

Hacienda San Andrés

Dónde: Ex-Hacienda de San Andrés, Retana s/n Ayapango, Edo. de México.

Cuando: 365 días al año.

Cuánto: habitaciones desde $1990

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Sicte y Tzitli: la historia de la golosina más famosa del mundo
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Los Aztecas, lo llamaban tzictil y los Mayas Sicté y su elaboración es una tradición viva de la Cultura Maya.

Este dulce es uno de los más reconocidos del mundo y se creó gracias al sur mexicano.

 

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El nombre con que los mayas conocían esta goma fue "sicte", que significa sangre o fluido vital y con ella comerciaron con otros pueblos mesoamericanos. Su uso se extendió en tiempo y en espacio, de manera que llega a los aztecas con el nombre de "tzictli" (para quienes la palabra significa pegar) y de allí pasa a la lengua española como chicle.

En España y el resto de Europa siguió siendo usado con fines higiénicos sin mayor impacto.

 

 

El zapote o níspero es el árbol chicozapote puede tener hasta 40 metros de altura y se encuentra igualmente en casa en las selvas tropicales de Chiapas, Guatemala, Belice y otras partes de Centroamérica como en las zonas más secas.  

Aparte de la espesa savia blanca parecida al látex que se usa para hacer chicle, el árbol da una fruta dulce con una pulpa suave, jugosa de color rojo o marrón y una textura ligeramente lechosa que atrae a monos, pecaríes, tucanes y humanos. Se dice que la resina alivia las quemaduras como un yeso rudimentario e incluso las semillas tienen un uso, se dice que tienen propiedades curativas en el tratamiento de dolencias estomacales.

 

 

El Chicozapote también es apreciado por su madera densa y excepcionalmente duradera, que los mayas han utilizado como material de construcción durante miles de años. Durante las excavaciones en los sitios arqueológicos de Tikal y Dzibanche, en el sur de Quintana Roo , se han encontrado dinteles y vigas de templos hechos de madera de zapote tallada que ha sobrevivido a los estragos del tiempo, el clima tropical y los insectos voraces .

De hecho, los chicozapotes a menudo se encuentran creciendo cerca de sitios arqueológicos, evidencia de que los mayas los usaban para construir.

 

 

Los mayas habían estado masticando sicte o chicle crudo para saciar su sed mientras trabajaban o en viajes desde tiempos inmemoriales y el chicle también era uno de sus antiguos productos comerciales.

Pero la forma en que el chicle se convirtió en un regalo global se debe a los empresarios del siglo XIX en los Estados Unidos que fueron los primeros en agregar azúcar y otros saborizantes al chicle, haciéndolo más apetecible.

Cuenta la historia que el desafortunado presidente mexicano, general Antonio López de Santa Ana de la fama de Alamo era partidario del chicle. Después de ser depuesto durante una revuelta por una facción rival liderada por Juan Alvárez, huyó al exilio en los Estados Unidos.

 

 

En 1866, conoció a un ingeniero e inventor llamado Thomas Adams que tenía curiosidad por aprender sobre el chicle y experimentó con él para ver si podía usarse como sustituto del caucho. Después de meses de pruebas, llegó a la conclusión de que era demasiado blando y no tenía la consistencia adecuada para ser utilizado en la fabricación de neumáticos de bicicleta y botas de agua.

Sin embargo, él y su hijo persistieron, basándose en la antigua tradición mexicana de masticarlo. Obtuvieron una patente para el chicle en 1869, importaron 2.300 kilos de la materia prima y dos años después comenzaron a comercializar su producto en Estados Unidos como Adams New York Chewing Gum.

 

 

En 1875, Adams añadió jarabe de arce y regaliz como edulcorantes. Siguió el azúcar, introducido por una empresa rival, y en 1880 se utilizó por primera vez la menta para dar sabor al chicle y su popularidad empezó a crecer.

Siguieron más sabores y los mercados internacionales se abrieron al chicle. Los soldados adquirieron el gusto por la goma de mascar durante la Primera Guerra Mundial y la demanda siguió aumentando después del cese de las hostilidades, durante las décadas de 1920 y 1930, hasta la Segunda Guerra Mundial.

 

 

Durante este tiempo, las innovaciones hicieron que la goma de mascar fuera aún más atractiva. Por ejemplo, Philip Wrigley combinó chicle de Campeche y Quintana Roo con chilte, un chicle similar de Talpa en el suroeste de Jalisco pero con diferente consistencia, textura y elasticidad. Gracias a su nueva mezcla, Wrigleys se convirtió en un importante competidor en el comercio de chicles.

Remoto, prácticamente deshabitado y cubierto por un denso manto de selva, el territorio de Quintana Roo experimentó un gran auge. Bandas de chicleros o recolectores de chicle se aventuraban en el bosque durante meses en busca de árboles de zapote que estuvieran listos para tocar.

 

 

Cuando encontraban uno, picaban la corteza con machetes y recogían la savia que corría por el tronco. Posteriormente, la resina se calentaría, se enrollaría en bolas, se enviaría a la costa a Puerto Morelos, Cozumel y Vigía Chico , un pequeño puerto en lo que ahora es la Reserva de la Biosfera Sian Ka’an , y se vendería a empresas extranjeras como Chicle Adams.

En la década de 1950, se habían encontrado sustitutos artificiales más baratos para el chicle y Brasil se había convertido en un rival. La demanda de materia prima natural cosechada en Quintana Roo, Campeche, Belice y el norte de Guatemala estaba en declive.

 

 

Foto destacada El Heraldo de Aragón

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