Arte y Cultura
toulouse lautrec
El París de Toulouse-Lautrec
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Aprecia a través de la muestra las pasiones del parisino durante el siglo XIX.

Impresos y carteles del MoMA.

 

Muestra que explora las pasiones de Henri de Toulouse-Lautrec reflejadas en más de 100 obras entre dibujos, fotografías, litografías, óleos y filmes que permiten apreciar la vida parisina, especialmente la nocturna, de finales del siglo XIX. Con obras pertenecientes a la colección del Museo de Arte Moderno de Nueva York y después de haberse presentado en el recinto estadounidense, esta exposición llega a la Ciudad de México para mostrar múltiples piezas creadas durante la cúspide de la carrera de uno de los más talentosos e innovadores grabadores de la época.

 

 

Cuauhtémoc: el último tlatoani mexica y combatiente de Hernán Cortés
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Cuauhtémoc  fue el último tlatoani mexica quien tomó el mando de su pueblo en medio de la guerra definitiva con los españoles.

Cuauhtémoc, el tlatoani que defendió México-Tenochtitlan de los españoles.

 

 

 Cuauhtémoc, en náhuatl “el águila que descendió” fue conocido por los conquistadores españoles como Guatemuz, y el último tlatoani mexica de México-Tenochtitlan. Asumió el poder en 1520, un año antes de la toma de Tenochtitlan por Hernán Cortés y sus tropas.

Cuahtémoc fue hijo de Ahuizotl, primo de Moctezuma Xocoyotzin y Tecuichpo, cuando asumió el poder los conquistadores ya habían sido expulsados de Tenochtitlan, pero la ciudad estaba devastada por el hambre, la viruela, y la falta de agua potable.

 

 

A la llegada de los españoles a Tenochtitlan, Cuauhtémoc era un joven guerrero que había recibido, alrededor de 1515 d.C., el cargo de tlacatécatl en la ciudad de Tlatelolco. Contaba con los méritos suficientes para tal nombramiento: era de origen tenochca, pertenecía al linaje gobernante y se había destacado en el campo de batalla, todo ello junto con su relación por vía materna con la nobleza local.

El joven príncipe asistió al calmecac, el centro de instrucción de todos los nobles, y al cumplir los 15 años completó su educación en el telpochcali, la escuela obligatoria en la que todos los varones aztecas recibían la formación militar. Pronto destacó como combatiente, y tras alcanzar el grado de tlacatécatl lideró los ejércitos de Moctezuma en diversas campañas, lo que le valió el mando militar de Tlatelolco, la ciudad gemela de Tenochtitlán.

 

 

 

Tras la matanza cometida por Pedro de Alvarado en el Templo Mayor, el 20 de mayo de 1520, Cuauhtémoc se sumó a la rebelión contra los invasores. El 30 de junio, en la conocida escena en la que Moctezuma salió a una azotea de su palacio para intentar calmar los ánimos de sus compatriotas, Cuauhtémoc lo imprecó con violencia: “¿Qué es lo que dice ese bellaco de Moctezuma, mujer de los españoles, que tal se puede llamar, pues con ánimo mujeril se entregó a ellos de puro miedo y asegurándose nos ha puesto todos en este trabajo? No le queremos obedecer, porque ya no es nuestro rey, y como a vil hombre le hemos de dar el castigo y pago”.

Una fuente afirma incluso que de su mano partió una de las piedras que mataron al emperador. El príncipe participó en primera línea en la expulsión de los españoles de Tenochtitlán, durante la llamada Noche Triste. Cuauhtémoc, el último tlatoani se preparó para defender su capital de la contraofensiva de Cortés, que comandaba un ejército formado por 900 españoles y 150.000 aliados. Ordenó hacer más profundas las acequias, izar los puentes que unían la ciudad a tierra firme y hacer acopio de armas y víveres para llenar los silos de Tenochtitlán.

 

 

 

Se reunió con tarascos y tlaxcaltecas, sus eternos enemigos, para apelar a la unidad indígena frente al extranjero y ofreció a sus tributarios importantes ventajas fiscales a cambio de su lealtad. Cuando Cortés se aproximó a la ciudad, Cuauhtémoc rechazó todas las ofertas de rendición e incluso hizo ejecutar a dos hijos de Moctezuma partidarios de la negociación. A pesar de todos los preparativos llevados a cabo por Cuauhtémoc, nada impidió que los españoles pusieran sitio a Tenochtitlán y la bloquearan gracias a los bergantines que construyeron para navegar por la laguna que rodeaba la ciudad.

Esto obligó a Cuauhtémoc y los suyos a retirarse a Tlatelolco, donde “de hambre y sed morirían, porque no tenían que beber sino agua salada de la laguna”. En poco tiempo, la situación se volvió desesperada y así lo comunicó Cuauhtémoc a sus generales, pero éstos resolvieron seguir con la guerra. El tlatoani les advirtió que “en adelante ninguno osase demandarle paces o lo mataría”.

 

 

 

A finales de julio de 1521, los templos ardían, los cadáveres llenaban las calles y los indígenas que combatían junto a Cortés hacían estragos entre los odiados mexicas. Cuauhtémoc seguía decidido a no rendirse, hasta que el 13 de agosto, cuando los españoles y sus aliados dieron el asalto final a Tlatelolco, trató de escapar en una canoa junto con su familia y algunos altos dignatarios para proseguir la lucha en otro lugar.

Sin embargo, los españoles divisaron a lo lejos la canoa en la que huía el emperador y le cortaron el paso con un bergantín, ante lo cual Cuauhtémoc, “viendo que era mucha la fuerza de los enemigos, que le amenazaban con sus ballestas y escopetas, se rindió”. Cuauhtémoc fue llevado a presencia de Cortés, que había asistido a la batalla final, el tlatoani exclamó ante el conquistador: “¡Ah capitán! Ya yo he hecho todo mi poder para defender mi reino y librarlo de vuestras manos, y pues no ha sido mi fortuna favorable, quitadme la vida, que será muy justo, y con esto acabaréis el reino mexicano”.

 

 

 

Los conquistadores tenían la vista puesta en el oro, y particularmente en el tesoro que habían dejado en Tenochtitlán tras su huida durante la Noche Triste. Cortés se reunió de nuevo con Cuauhtémoc para preguntarle dónde estaba el oro, y decidió someterlo a tortura para arrancarle una confesión. Lo ataron a un poste y metieron sus pies, tal vez también sus manos, en aceite hirviendo. Al ver que su primo, el señor del Estado aliado de Tacuba, le suplicaba con la mirada que confesara, Cuauhtémoc “lo miró con ira y le preguntó si estaba él en algún deleite o baño”. Finalmente explicó que, poco antes de la caída de la ciudad, los dioses le habían revelado que el fin de Tenochtitlán era inevitable, tras lo que ordenó arrojar todo el oro a un pozo en la laguna. Los buceadores españoles, sin embargo, no encontraron allí nada de valor.

En octubre de 1524, Cortés salió de Tenochtitlán en dirección a Honduras para reprimir la rebelión de otro conquistador, Cristóbal de Olid. Se llevó consigo al tlatoani y sus principales a fin de evitar una insurrección en México. El 28 de febrero de 1525, Cortés ordenó que interrogaran por separado a Cuauhtémoc y al señor de Tacuba y “sin haber más probanzas los mandó ahorcar. Y fue esta muerte que les dieron muy injustamente dada, y pareció mal a todos”, sentenció el cronista

Epigmenio González, el insurgente que ayudó a forjar a la patria y fue olvidado
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Epigmenio González es el insurgente que fue olvidado por más de 20 años, y que jamás quiso saber nada de homenajes por sus servicios a la patria que ayudó a forjar.

Los hermanos González tuvieron una vida difícil.

 

Epigmenio González fue uno de los primeros insurgentes independentistas de la colonia española en México. Hoy en día casi está en el olvido. Tuvo una vida longeva pero trágica, no solo que lo alejó de su país natal, sino también de los libros de historia.

José María Ignacio Juan Nepomuceno Aparicio Epigmenio nace el domingo 22 de marzo de 1781, a las orillas del poniente de la ciudad de ese Querétaro que aún pertenecía a España, cuando su acueducto tenía la primera capa de estuco y las casas de los peninsulares ricos tenían esclavos; cuando las reformas borbónicas apretaban más el cinturón sobre las colonias hispanas y el saber leer y escribir no era siquiera imaginado para la gente pobre como él.

 

 

Epigmenio González fue dueño de una tienda de abarrotes localizada en la plaza queretana de San Francisco. Participó activamente en las tertulias literarias organizadas en la casa del corregidor Miguel Domínguez, donde comenzó a trazar un plan de independencia cuyo objetivo primario era la creación de una Junta de Gobierno. Sus principales integrantes fueron: la esposa del corregidor Josefa Ortiz, Miguel Hidalgo y Costilla, Juan Aldama e Ignacio Allende .

Epigmenio, junto a su hermano Emeterio, simpatizaron y cooperaron con la causa insurgente fabricando y almacenando cartuchos en su domicilio; antes de esto, vendían cueros de res, zaleas de borrego y oveja, pieles de chivo y cabra, sebo, manteca, gallinas y pollos, maíz, frijol, cebada, chile, garbanzo, trigo, paja, jarcia, carbón, leña, piloncillo de la sierra, tuna de todas clases y, además de ofrecer las novedades del mercado del Parián de Ciudad de México, delicias de criollos, peninsulares y de las cocinas conventuales.

 

 

Emeterio, luego de años de estar preso murió en los calabozos. Esto ya que el 13 de septiembre de 1810, fueron denunciados por Francisco Buera ante el cura Rafael de León. El viernes 14 de septiembre, justo en el levantamiento de la independencia de nuestro país, ambos hermanos fueron aprehendidos y trasladados a la Ciudad de México.​

Apresado Epigmenio González, se le descubrió cómplice de un levantamiento que tenían premeditado varios individuos. En su casas se encontraron balas y cartuchos, según refirió Francisco Javier Argomániz, vecino de la ciudad de Santiago de Querétaro en el año de 1810.

 

 

El diario de Francisco Javier Argomániz se volvió un documento histórico, que decía que el corregidor don Miguel Domínguez correría la misma suerte de ser aprendido al igual que otros vecinos de su ciudad natal. En dicho diario quedarían plasmadas las noticias de que se iba enterando por periódicos, chismes o por ser testigo.

En el diario también contaba con pocos detalles cómo atacaron los independentistas la ciudad de Celaya; cómo murió el “revoltoso” cura Miguel Hidalgo y que habían encontrado documentos en la celda de Epigmenio. Documentos por los que sería condenado a muerte por andar incitar a la gente a levantarse en armas desde la cárcel, en lugar de haberse acogido al indulto real y recuperar su libertad, sus bienes, su buen nombre y su buena posición social, como súbdito responsable y formal de la Corona española que había sido, desde que heredara la famosa tienda La Concepción, en pleno centro de la ciudad queretana, frente a un imponente conjunto franciscano.

 

 

 

Epigmenio, a pesar de su encierro, desde la cárcel sigue participando en la conspiración de Ferrer, en la misma ciudad de México, y al ser descubierto de nuevo, fue conminado a revelar los detalles de la conspiración pero guardó silencio y rechazó el indulto ofrecido.

Mientras la lucha por la independencia seguía a lo largo de la Nueva España, los hermanos González solo iban de cárcel en cárcel. Emeterio muere en 1813 en un calabozo y, un par de años después, a don Epigmenio le encuentran un panfleto que la Santa Inquisición refirió como “libelo infamatorio, incendiario, cismático, fautor de herejía, respectivamente herético en algunas proposiciones y sumamente injurioso y ofensivo al Santo Oficio”, por lo que lo condenaron a muerte.

 

 

A punto de llevarse a cabo la sentencia contra Epigmenio, llegó un correo a Querétaro que trae una orden judicial, en la que se permuta la pena de muerte por el exilio en las islas Marianas (en el Pacífico) por diez años, los que devinieron en veinte pero en las Filipinas, al sur de la lejana China.

La historiografía oficial da cuenta de las batallas y los altibajos sucedidos durante los once años que duró la guerra, pero habría que rascar un poco más para enterarse de qué es lo que sucedía en otros frentes, como en los calabozos de la ciudad de Querétaro, en los interminables juicios por infidencia, en las ejecuciones por fusilamiento, en la horca o la biepicota, además de la mutilación de miembros en la Plaza de Armas, donde aún se encuentra el Palacio de Gobierno.

 

 

Primero llegó a Japón y de ahí a las islas Marianas y finalmente a Filipinas, archipiélago compuesto por más de cinco mil islas e islotes, donde los idiomas ilocano, tagalo y docenas más serán los que escuchará durante los siguientes veinte años. Los presos en aquellas islas son los que la Corona española consideraría más peligrosos y dignos de arrinconar, hacinados y enojados: piratas, asesinos, estafadores, violadores de diferentes nacionalidades, como ingleses, franceses, holandeses, chinos, hindúes, malayos y otros.

En 1821, al consumarse la Independencia de México, permaneció en Filipinas, pues ese territorio todavía dependía de España. En México se le daba por muerto; un callejón frente a la Plaza de Armas de Querétaro llevaba su nombre desde 1827; su pensión por servicios prestados a la patria la cobraban entre su prima y aquellos niños huérfanos que recogiera. Aunque había sido nombrado Benemérito de la Patria él seguía vivo al otro lado del mundo.

 

 

Fue en 1836, dos años después de firmarse el Tratado de México con España, cuando Epigmenio finalmente pudo regresar a su patria, estaba enfermo, renco y no tenía como regresar a México. Pero consiguió de las autoridades de Filipinas pasaje para España y allí, tras buscar por todos los medios, un comerciante se compadeció de él y le prestó dinero.

Cabe destacar el poco reconocimiento a éste héroe conspirador original de los inicios de la independencia de México, al regresar a su patria en 1838 nadie lo recordaba. En 1839, el entonces presidente Nicolás Bravo lo nombró vigilante de la Casa de Moneda de Guadalajara.

Un periodista lo conoció y Epigmenio pudo contar su historia al periódico “La Revolución” en 1855. No obstante, falleció el 19 de julio de 1858, a los 80 años de edad.​ El 13 de septiembre de 1989 fueron trasladados sus supuestos restos al Panteón de los Queretanos Ilustres.