Arte y Cultura
parques de noguchi
Los Parques de Noguchi
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No es la primera vez que Isamu Noguchi (1904-1988) es revisado en el contexto del Museo Rufino Tamayo.

En esa ocasión la exposición se enfocó en la relevancia de la figura humana en la obra del artista.

 

La exposición “Los parques de Noguchi” en el Museo Tamayo que se inaugura esta semana, promete mucho. Habrá maquetas, dibujos, bocetos y fotografías, además de recreaciones de espacios lúdicos y funcionales. Al parecer se reúne por primera vez en el mundo la investigación al respecto de estos temas que Noguchi amasara a lo largo de 50 años. Leer más…

Chicomecóatl es la gran diosa del maíz personificada en la mazorca
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Chicomecoátl es palabra náhuatl que quiere decir “Siete Serpiente” y era el nombre de la gran diosa del maíz.

La gran diosa del maíz que le ofreció a los humanos la primera tortilla.

 

 

Chicomecóatl era la diosa mexica de la subsistencia, en especial del maíz, y  principal patrona de la vegetación y diosa de la fertilidad. En náhuatl chicome significa siete y coatl serpiente, algo así como siete serpiente. Esta deidad representa la parte femenina de Centéotl, que en la mitología mexica es el dios del maíz y el patrón de la ebriedad.

A Chicomecóatl se le podría llamar también Xilonen (la peluda), refiriéndose a las barbas del maíz en vaina, se la consideraba “joven madre del jilote (maíz tierno)”, así era protectora de una de las fases del ciclo del maíz.  Xilonen también podía ser llamada Centeocíhatl y se encontraba casada con Tezcatlipoca.

 

 

El culto a Chicomecóatl se da sobre todo durante el periodo cultural medio, su culto se centraba en el mes huei tozoztli (del ayuno prolongado) que se sitúa en septiembre. Entonces los altares de las casas eran adornados con plantas de maíz y en los templos se bendecían sus semillas, mientras le era ofrecida en sacrificio una joven decapitada que representaba a la diosa, cuya sangre se vertía sobre una estatua de Chicomecóatl, mientras que con su piel, una vez desollada, se vestía un sacerdote.  Por otra parte Xilonen también recibía sacrificios humanos el 24 de junio para conseguir una cosecha abundante.

En los códices mexicas tenía pintados de rojo cuerpo y rostro y con los atributos de Chalchiuhtlicue, como su tocado (una especie de mitra de papel) y pequeñas líneas sobre sus mejillas. En las esculturas lleva en cada mano una doble mazorca de maíz. Los nombres calendáricos en el lenguaje adivinatorio que llevan el numeral siete significan semillas, en pocas palabras, “siete serpientes” es la denominación secreta del maíz, al igual que las pepitas de calabaza se denomina como “siete águilas”.

 

 

 Chicomecóatl representa el concepto sagrado de la fertilidad que tenía significativa vigencia más allá de los límites de Tenochtitlan. Durante las festividades del culto a Chicomecóatl, el pueblo ayunaba cuatro días durante los cuales colocaban espadañas junto con las imágenes de los dioses, cortadas y con sangre de partes de cuerpo humano como orejas y piernas que se obtenían mediante el autosacrificio.

Los jóvenes de ambos sexos pedían limosnas en las casas donde se encontraban colgadas las fotos. El pueblo frente al templo de la diosa, ofrecía todo tipo de maíz, frijoles y chía. También los niños que se juntaban y que se compraban, en el primer mes, eran sacrificados en esta celebración con el fin de obtener lluvias. La celebración de este culto hacia Chicomecóatl, estaba dirigida a la creación de las semillas del maíz para asegurar su continuidad vital y obtener su principal mantenimiento.

 

 

La deidad del maíz se desdobló también en una serie de diosas relacionadas con Cintéotl, el “dios mazorca”, que era la personificación de la mazorca (cintli  en náhuatl). Cintéotl era hijo de la diosa de la tierra y del dios solar. Es de notar que las diosas del maíz se agrupaban según edades: el maíz tierno, Xilonen, diosa del jilote, y Chicomecóatl (“Siete Serpiente”), quien también era una diosa joven que personificaba el crecimiento del grano del maíz.

Chicomecóatl formaba una tríada con las diosas Chalchiuhtlicue, patrona del agua de las fuentes y lagunas, y Huixtocíhuatl, diosa de la sal y de la fertilidad del mar. De acuerdo con Sahagún, “estas tres diosas eran las que mantenían a la gente popular”. En las fiestas del calendario mexica, a cada una de estas diosas les correspondía una fecha que también representaba un momento significativo del ciclo agrícola anual.

 

 

Su templo recibía el nombre de Chicometéotl Iteopan.  En el ámbito de la Madre Tierra, sustentadora de la existencia humana, Chicomecóatl, era alabada con este canto:

 

Siete-mazorcas, ya levántate, ¡despierta (…)!

¡Ah, es nuestra Madre!

Tú no nos dejarás huérfanos:

Tú te vas ya a tu casa, el Tlalocan.

Siete-Mazorcas ya levántate, ¡despierta…!

 ¡Ah, es nuestra Madre! Tú no nos dejarás huérfanos:

Tú te vas ya a tu casa, el Tlalocan.

 

 

El pueblo cantaba esta canción que se consideraba más bien como un himno para despertar a Chicomecóatl o Chicomolotzin, en pocas palabras se imaginaba como a la vegetación dormida. Se pensaba que el grano que era sembrado iba al paraíso del este que era lugar donde se unían la fertilidad-abundancia-resurrección llamado Tlalocan, que era un mundo del color rojo como la vestimenta de la diosa y del maíz joven, diferente del blanco maíz maduro que está asociado al oeste, a Teteoinan-Tochi, diosa de la tierra.

Animales fantásticos de la mitología prehispánica
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Estas criaturas de leyenda no tienen nada qué desear a los monstruos mitológicos europeos de la antigüedad.

Estos animales no tienen nada que envidiar a la mitología europea.

 

El mundo prehispánico tuvo seres mitológicos que nada tienen que envidiarle a los cuentos medievales. La cultura mexicana tiene una gran riqueza cultural, en especial en lo referente a los grandes pueblos nativos de la antigüedad.

Los animales particulares de la fauna mexicana, que mencionaron los sabios indígenas a Fray Bernardino de Sahagún, en descripciones a medio camino entre el mito y la realidad, reflejan una vivencia cotidiana más profunda e imaginativa que las que podemos tener en la actualidad.

Para nuestros antepasados prehispánicos, la naturaleza proveía de todo lo que conocían y el cuidado de lo que les regalaba era una forma de vida. En el caso particular de los animales, las antiguas culturas comenzaron a dominarlos, para que de forma mágica lograran atrapar su esencia o espíritu, fue así que el ser humano dio el primer paso en el camino donde los animales formaron parte del pensamiento mágico religioso.

 

 

Los animales que los circundaban eran manifestaciones de poder de la misma naturaleza. Cada uno tenía un aura única, particular, una personalidad que era una significación de los dioses para con los hombres. De esta manera los animales eran manifestaciones divinas y por lo tanto sagrados.

Los dioses prehispánicos llevaban alusiones a animales según el poder que representaban. Las deidades mismas eran en parte animales, y los hombres más sobresalientes en el terreno de lo sobrenatural eran capaces de convertirse en ellos en forma de nahuales. Por ello un animal no era solo un animal, era muchas cosas, entre ellas, de origen divino.

En las culturas prehispánicas había algunos animales que jugaron un rol más importante, muchos de ellos eran considerados sagrados ya fuera por su belleza, su carácter, su fortaleza o su imponencia.

Aquí te dejamos algunos animales fantásticos de la mitología prehispánica.

 

Atzitzicuílotl

 

 

Las atzitzicuílotl eran unas avecillas que habitaban en los parajes lacustres del México. Criaturas redondas con picos negros, largos y agudos. Se decía que llegaban desde las nubes de lluvia y se arrojaban desde el cielo en prodigiosa zambullida y no se les volvía a ver más, sino transformados en bancos de peces de colores que se perdían en la profundidad de las aguas.

 

Cipactli

 

 

En la mitología azteca el Cipactli o “el lagarto negro” era una voraz, primitiva y monstruosa criatura marina, mitad cocodrilo y mitad pez. Estaba siempre hambrienta y en cada junta que unía sus 18 cuerpos había una boca adornándola. Tezcatlipoca sacrificó un pie al utilizarlo como cebo para atraerlo.

 

Dzulum

 

 

Dzulum fué un monstruo que aterrorizó a los mayas llevándose a sus doncellas y seduciéndolas con su atractivo pelaje; físicamente se mostraba hermoso ante las mujeres y horrible para los demás. Se describe como un jaguar gigante de pelo hermoso y brillante ante la luna, mirada enigmática o a veces como un lobo-humano muy grande, roñoso, dientes y garras afiladas.

 

Atotolin

 

 

El atotolin o gallina de agua era considerado como el rey de todas las aves de las zonas lacustres de Tenochtitlan. Tenía la cabeza grande, cuerpo largo y pico amarillo, la cola y las piernas cortas y fuertes. Para cazarla, los hombres tenían que perseguirla durante varios días. Si se cumplían cuatro días y no se le atrapaba, el atotolin miraba serenamente a sus perseguidores y comenzaba a dar grandes voces para llamar al viento. Quienes lograban cazar a un atotolin y le abrían la barriga con un punzón denominado minacachalli, podían encontrar una piedra preciosa o un carbón que era un aviso de muerte segura para el cazador.

 

Yoaltepuztli

 

 

En los bosques cercanos a Tenochtitlan aparecía este ser sin cabeza rondaba haciendo ruidos semejantes a la tala de un árbol. Quien lo escuchaba acudía a él a pedir su favor, riquezas, capturar un guerrero enemigo o cometer alguna hazaña. Este ser les brindaba a algunos lo pedido, a otros pobreza y miseria. El fantasma obsequiaba espinas de maguey y, entre más valiente y de espíritu más indómito fuese su visitante, más espinas recibía. Así, a los más débiles les regalaba una y a los más esforzados hasta cuatro espinas y la gracia de sus favores.

 

Ahuizotl

 

 

Era una criatura con forma de perro, manos de mono y con una larga cola que terminaba en una mano y con la que ahogaba a los incautos. Estaba al servicio de las deidades del agua, por lo que la víctima sólo podía ser tocada por los sacerdotes luego de haber sido sacada del agua. Era símbolo de mala suerte y desgracia.

 

Ixpuxtequi

 

 

La mitología de los nahuas tenía una de las cuatro deidades de la muerte. Su nombre, derivado del náhuatl, significa “cara rota”. En el Códice, esta deidad es representada como un ente con pies de águila. Los antiguos mexicanos pensaban que Ixpuxtequi vagaba por las noches por las calles y caminos para sorprender a los viajeros solitarios.