Arte y Cultura
La historia de las calles de la Ciudad de México a través de los tiempos
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Fascinantes historias verídicas sobre el “desierto de asfalto” que se ha convertido la Ciudad de México.

“La ciudad no cuenta su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en las esquinas de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, cada segmento surcado a su vez por arañazos, muescas, incisiones, comas… La mirada recorre las calles como páginas escritas.”

Las ciudades invisibles de Italo Calvino

Una ciudad se ha convertido en una mirada que recorre siglos de historia y experiencias. Sus edificios, calles y espacios urbanos son sólo un reflejo que permite reconocer la memoria de quienes ayudaron a construirlos. Sin embargo pocos son los recuerdos que han sobrevivido al entierro del olvido; pocas son las memorias alteradas por un inconsciente colectivo que le quita o agrega datos a su gusto.

Si bien tenemos códices, diarios y crónicas que procuran retratar el pasado esplendoroso –aunque a veces desastroso–, la realidad es que contamos con muy poca información acerca de lo sucedido en las calles de nuestra ciudad. Quizá lo que queda es divagar en la fantasía, inventando historias a través de la mirada sobre las calles, sus viejos y resquebrajados edificios así como las costumbres en estos espacios abiertos…

Resulta complejo encontrarse con historias verídicas sobre el “desierto de asfalto” que se ha convertido la Ciudad de México. Sin embargo, Héctor de Mauleón, escritor y periodista, recoge una línea cronística para relatar una autobiografía de la ciudad. El resultado, La ciudad que nos inventa, de la editorial Cal y Arena. de Mauleón cuenta, de una manera refinada y creativa, la historia de las calles de la ciudad de México a través de los tiempos. Comienza en 1509 y finaliza en 2014, recapitulando 114 crónicas de historias sorprendentes que sucedieron, quizá, en la misma calle por la que caminamos diario.

A continuación te compartimos algunas de estas anécdotas que de Mauleón se encargó de revelar hasta el infinito, en donde la memoria es inagotable:

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1860. La leyenda de los túneles secretos

En la década de 1860 la Reforma exclaustró a las órdenes religiosas e innumerables conventos quedaron abandonados. Algunos se convirtieron en calles. Otros, en vecindades. Los obreros que demolían los muros de Santo Domingo, uno de los edificios religiosos más antiguos de la ciudad, encontraron trece momias emparedadas, en perfecto estado de conservación. Una de ellas era, al parecer, la del célebre fray Servando Teresa de Mier. Se le encontró con las ropas deshechas y largas madejas de cabello gris. Las momias fueron expuestas a la curiosidad pública y luego compradas por un empresario circense que las exhibió en Europa como “víctimas de los atroces crímenes de la Inquisición”.

Como toda ciudad antigua, la de México suele seducir a sus habitantes cuando abre los baúles donde guarda historias no contadas: sus objetos perdidos. Todos se congregan entonces alrededor de la anciana aristócrata, para escucharla.

La soberana de los lagos tenía muchas historias que contar aquellos días. Los edificios centenarios a los que la piqueta de la Reforma iba convirtiendo en polvo mostraba por vez primera secretos escondidos por siglos. La prensa de la época hablaba de tesoros fabulosos que los encargados de la demolición hallaban en las tumbas de los frailes. Cálices y copones de oro. Santísimos Sacramentos repletos de esmeraldas y rubíes. Fortunas escondidas en las tumbas de las monjas.

Y también, de historias sobre túneles y pasadizos que conectaban, secretamente, la Catedral y las iglesias principales.

Había nacido una leyenda urbana que durante siglo y medio iba a seducir, con su promesa incumplida, a los habitantes de México.

En los primeros años del siglo pasado, un reportero de El Imparcial aseguró que había caminado “bajo el suelo de México”. En los años dorados de su ministerio, la década de 1930, un cronista de El Universal, Jacobo Dalevuelta, afirmó que había explorado una galería subterránea que partía del ex convento del Carmen. Su crónica causó revuelo en una ciudad en la que todos habían escuchado relatos asociados con túneles secretos: pasajes subterráneos que los poderosos del tiempo virreinal utilizaban “para huir expeditamente” —decía Dalevuelta— o “para moverse sin ser vistos”.

Aquellas crónicas comprobaban lo que todos sabían desde siempre: que bajo nuestros pies se hallaba una ciudad oculta, un húmedo y oscuro sistema de laberintos donde se habían gestado las historias predilectas de la tribu: leyendas sobre monjas, fetos y tesoros enterrados, torturas, crímenes y aparecidos. Ni la construcción del Metro, que entró a saco en el subsuelo de las principales calles del centro, ni los alarmantes niveles de hundimiento que la urbe registró en el siglo XX (hoy estamos diez metros por debajo del nivel en que caminaba la gente del porfiriato) lograron demoler el pedestal de cemento armado en que descansaron siglo y medio de “certezas”.

Tomo un taxi en Paseo de la Reforma. Al volante hay un chofer deseoso de platicar. No recuerdo cómo me embrolla. Sólo sé que la anciana aristócrata ha abierto el baúl y que el conductor me tiene fascinado con esta revelación: la línea 2 del Metro no termina, como todos creemos, en Cuatro Caminos. No. La línea 2 del Metro continúa hasta el Campo Militar, donde existe una estación secreta, pensada para movilizar al ejército hacia el centro, en caso de que ocurran disturbios. “Lógico —dice el taxista—, ¿usted cree que el gobierno no ha pensado cómo mover al ejército en horas pico?”.

Esa noche busco en Google “Misterios del Metro” y “Pasadizos subterráneos en la ciudad de México”. No sé si estoy en 1860, en 1930, o en la segunda década del siglo XXI. No lo sé: hay gente que asegura que existe una estación oculta —“una interestación”, le llaman— entre las estaciones Constituyentes y Auditorio, que sirve para salvaguardar, en caso de guerra, la integridad de la familia presidencial. Hay gente que asegura que en los centros comerciales de Santa Fe e Interlomas existen pasadizos “para que la gente VIP de la ciudad se pueda mover de un lugar a otro, sin ser reconocida, y sin peligro de ser secuestrada”. Hay incluso un internauta que confiesa: “El único túnel real y verdadero que existe en el DF corre del Palacio Nacional hasta Los Pinos y es por razones de seguridad nacional. No te diré nada al respecto, pero yo lo he recorrido”.

En ese mundo inquietante la Catedral se comunica con Santo Domingo, la Santísima y Santa Teresa. En ese mundo inquietante existe un túnel “en el que cabe un auto”, para que el presidente pueda ir del Palacio Nacional a San Lázaro. En ese mundo hay sectas oscuras que desde tiempos de la Colonia realizan misteriosos rituales en galerías soterradas a las que no ha tocado nunca la luz del sol. En ese mundo inquietante hay leyendas de frailes jesuitas que en la época de la Colonia se perdieron para siempre bajo la tierra en laberintos cuya ubicación fue protegida por votos de silencio.

Y hay, también, sacristanes, veladores, meseros de rancios restaurantes que afirman que alguna vez pudieron constatar dichos prodigios.

Apago la computadora con un escalofrío. La ciudad oculta me ha alcanzado. Esta noche parece más viva que la nuestra.

 

[Fuente: Nexos]

[Fotografía principal: www.eluniversaldf.mx]

Celebramos los 35 años del magnífico Museo Arquitectónico de México
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Este museo ha difundido la arquitectura contemporánea mexicana a través de exposiciones, conferencias, seminarios y reconocimientos a arquitectos.

La arquitectura es una disciplina de servicio para el conjunto de la sociedad.

 

Este años el Museo Nacional de Arquitectura (Munarq) cumplió 35 años de ser creado. Ubicado en el tercer piso del Palacio de Bellas Artes, y creado por el arquitecto Juan Urquiaga, se ha dedicado a divulgar y reconocer el trabajo de arquitectos, ingenieros, creadores y constructores mexicanos, que participaron en la producción arquitectónica del México moderno.

La primera exposición del Munarq se inauguró el 26 de enero de 1984, fue dedicada al arquitecto Francisco J. Serrano y Álvarez de la Rosa, elegido por vincular la arquitectura con el patrimonio. Bajo la dirección del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL), el Munarq, ha presentado 158 exposiciones que acercaron  la arquitectura contemporánea a los mexicanos.

 

 

Durante estos primeros 35 años de vida, el museo ha promovido las obras de autores nacionales e internacionales de prestigio y emergentes, además ha desarrollado talleres y conferencias junto a universidades de arquitectura con el fin de destacar el patrimonio arquitectónico del país y sensibilizar a los mexicanos sobre la necesidad de preservarlo.

Desde 1984 muestra al público la trascendencia de la arquitectura a través de sus principales exponentes, corrientes imperantes e historia. A lo largo de más de tres décadas, el recinto ha presentado 158 exposiciones.  Xavier Guzmán Urbiola, licenciado en Historia por la UNAM, con estudios de arquitectura en la UAM y quien fue director de Arquitectura del INBAL entre 2003 y 2007, comentó que la creación del Munarq fue una gran idea del arquitecto Juan Urquiaga, quien convenció a las autoridades de entonces de crear un recinto dedicado específicamente a la arquitectura mexicana y del mundo.

 

 

 

La idea, subrayó, fue poner al alcance no solo de los especialistas sino del público en general la trascendencia de la arquitectura a través de sus principales exponentes, corrientes imperantes y su historia en México. Miembro honorario de la Academia Nacional de Arquitectura desde 2006, Guzmán Urbiola señaló que hay ciudades en el mundo como Shanghái, Madrid y Londres que poseen importantes museos de arquitectura.

Este recinto se creó con la idea de dar a la arquitectura mexicana un recinto de igual importancia y proyectar la ciudad ante el mundo, propiciando a la vez la reflexión acerca de los grandes temas urbanísticos y arquitectónicos. La arquitecta Dolores Martínez Orralde, quien por más de 30 años colaboró con la Dirección de Arquitectura y Conservación del Patrimonio Artístico Inmueble del INBAL, comentó que el museo es un complemento de la formación académica de los jóvenes estudiantes de arquitectura, urbanismo y nuevas disciplinas que han surgido al paso del tiempo, como el paisajismo.

 

 

 

Como investigadora, Martínez Orralde le tocó organizar el material y revisar las fotografías, situación que ha avanzado gracias a la tecnología. Quien comentó, “antes se diseñaban las exposiciones de manera casera; las cédulas se hacían en máquina de escribir, con una esfera con tipografía especial para trabajarlas. Había que cuidar la ortografía, parece fácil, pero había que tener mucho cuidado en la revisión de cada texto e imagen para que el público se llevara la mejor información. Fue un gran aprendizaje al lado de Juan Urquiaga y Víctor Jiménez”.

Hoy en día, los retos les pone la creatividad, una pieza fundamental en la arquitectura que juega con el espacio, las formas y dependiendo de la temática, nos da la oportunidad de incorporar videos y fotografías en diferentes formatos para que la gente tenga un panorama completo. Por último, quien es además miembro de la Asociación Mexicana de Arquitectas y Urbanistas, invitó a que la gente recorra el exterior e interior del Palacio de Bellas Artes para descubrir así todos sus detalles. “Nuestra ciudad es parte de la exposición arquitectónica urbana y paisajista, nos debemos sentir orgullosos de ella”, finalizó.

 

 

 

En 35 años de este recinto, el público ha podido disfrutar de muestras como La construcción del Palacio de Bellas Artes (1984), La arquitectura de Colombia (1985), Luis Barragán, arquitecto (1989), Arquitectura japonesa contemporánea (1992), Guillermo Kahlo. Arquitectura y fotografía (1993), El Teatro Nacional de México.

Además de exposiciones como el primer centenario de Adamo Boari en México 1897-1997 (1997), Mario Pani. La visión urbana de la arquitectura (2000), Frank Lloyd Wright y la ciudad viviente (2002), Los espacios de Diego y Frida (2007), Arquitectura de la Revolución (2010), Somos la Atlántida. Géza Maróti 140 años (2015), Arquitectura orgánica de Senosiain (2016) y Arquitectura Olímpica. México 68/50 aniversario (2018), por mencionar solo algunas.

 

 

Museo Nacional de Arquitectura

Dónde: Tercer piso del Palacio de Bellas Artes (Av. Juárez, Centro Histórico).

Cuándo: Martes a domingo con un horario de 10:00 a 18:00 horas.

Cuánto: $50.00 pesos entrada general

Entrada libre domingos, a estudiantes, maestros y personas de la tercera edad con credencial vigente

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El enigmático jardín escultórico de Metepec (FOTOS)
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La Puerta Metepec y el Jardín Lineal se ubican ambos sobre la avenida Pino Suárez, y pretenden servir de plataforma para lucir el arte en barro propio de la zona.

Este hermoso y sereno jardín de esculturas está ubicado dentro de una bulliciosa carretera del parque de Metepec.

 

Una serie de pasarelas peatonales serpentean entre obras de arte que muestran fragmentos de la tradición y la tradición local. Metepec es famoso por su cerámica de barro, haciendo del jardín un homenaje apropiado a su patrimonio.

 

 

A lo largo de 3.5 kilómetros de la vialidad Toluca-Metepec-Tenango, entre el parque Árbol de la Vida y el puente de la carretera Metepec-Zacango, que es la entrada al Pueblo Mágico, el jardín cuenta con ocho esculturas, cinco fuentes, dos zonas para exposiciones temporales, 14 plazas, dos adecuaciones en puentes peatonales y seis andadores.

Las esculturas de arcilla más impresionantes son los Árboles de la Vida, esculturas gigantes con elaborados motivos barrocos. Se tratan de diferentes temas como la creación humana, las tradiciones e historia mexicanas y temas naturales como las estaciones.

 

 

 

 

 

 

Pero hay mucho más que ver además de las hermosas esculturas de árboles. El jardín tiene una fuente con una sirena en el centro llamada Tlanchana. La leyenda dice que hace mucho tiempo, los pescadores de la ciudad tenían que pedir permiso a una diosa para pescar en el lago. Esta diosa era una sirena que amaba las esculturas de arcilla, que la gente ofreció para ganar su favor.

Una de las partes más extrañas del jardín es una pequeña capilla dedicada a una Virgen de Guadalupe que apareció en un árbol en 1995. Hoy, es posible ver la figura de la Virgen, y los lugareños le ofrecen una gran fiesta cada 12 de diciembre. El parque también contiene áreas dedicadas a exposiciones temporales, donde las obras de arte se cambian cada octubre durante el gran festival de la ciudad.

 

 

 

Junto con la obra artística y cultural que integra este espacio recreativo, se llevó a cabo el saneamiento integral del arbolado que había en el lugar, y se incorporaron 800 nuevos árboles de especies adecuadas para este sitio, junto con 400 mil plantas de ornato y arbustos de especies de bajo mantenimiento, que en su conjunto ofrecerán tonalidades y perspectivas distintas del Jardín en cada cambio de estación. Asimismo se rehabilitó el alumbrado público de la vialidad, con la colocación de 72 lámparas nuevas, para hacer un total de 226 con las ya existentes; también se instalaron 135 bolardos con luz y la iluminación arquitectónica de plazas, esculturas y fuentes, lo que contribuye a incrementar la seguridad de la zona.

 

 

Destaca la Puerta Metepec, obra de acero del escultor mexicano Sebastián, que con sus 22 metros de altura y 17 de ancho, y un peso de más de 170 toneladas, recibe a los visitantes de Metepec. En ella también se incorporan 32 obras hechas de barro elaboradas por 16 maestros artesanos del municipio. Así, es posible admirar Jarros Pulqueros, Cabeza de Toro y Cabeza de Caballo, de Adrián Carlos Montoya Vázquez; las Cazuelas, de Asael Castillo Serrano; Olla y Cántaro, de Bernardo Camacho Quiroz; Sol y Luna, de Cristóbal Martínez Escárcega; Dios Padre y Arcángel, de Javier Carrillo Soteno; la Tlanchana y Pegaso, de Javier Ramírez Hernández, y el Arca de Noé e Iglesia, de Miguel Ángel González Mesillas, entre otras piezas colosales que miden en promedio dos metros de altura.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El mito de Psique y Cupido (un precioso recordatorio para el Día del Amor)
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Un mito griego que nos recuerda algunos de los principios más esenciales del amor, como la valentía, la lealtad y la entrega.

La historia de amor de Psique y Cupido…

 

El Día de San Valentín, como lo festejamos en la actualidad, es un cúmulo de mitos y tradiciones de muy distintas épocas y culturas, una fiesta que celebra al amor y la amistad universalmente. San Valentín fue un santo romano, uno de los primeros cristianos martirizados por su fe y un defensor del matrimonio.

Por otro lado, las típicas tarjetas que intercambiamos con los seres queridos, llenas de corazones (otro símbolo del amor) y mensajes son una tradición que, originalmente, inició en Inglaterra del siglo XVIII con su famosas Valentines, que eran tarjetas dibujadas y escritas a mano que los enamorados mandaban a sus damas con la esperanza de ganar su favor.

 

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Pero existe un personaje que aparece con frecuencia ante nuestros ojos durante el Día de San Valentín, Cupido, cuyo nombre romano equivalía a Eros en griego —raíz de palabras como erotismo y erótico. Hijo de Venus (diosa del amor y la belleza) y Marte (dios de la guerra), en la mitología griega, este ser alado, patrón del deseo, el amor erótico y la atracción tiene su historia de amor propia, una de las primeras fuentes de lo que hoy conocemos como amor romántico y que celebramos cada año, el 14 de febrero.

 

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Para contar la historia de Cupido, hay que comenzar por la de su amada, Psique. Cuando esta mujer nació, se dice que era la más hermosa del mundo; su belleza, incluso, fue comparada con la de la misma Venus, esto hacía que ningún hombre mortal se atreviera a acercársele.

Por consejo del oráculo, el padre de Psique llevó a su hermosa hija a la cima de un monte y ahí la abandonó, se le había dicho que ahí ella encontraría a su esposo: un ser malvado que tenía forma de serpiente y dos grandes alas. Asustada y sola, Psique esperó en la montaña hasta que el dios Céfiro, deidad del viento del Oeste, la levantó en los aires y la llevó hasta el lugar donde le dijo, la esperaba su esposo.

Al llegar, Psique notó que el palacio estaba en completa oscuridad y guiada por el oído y el tacto llegó hasta el lecho de un hombre, al que nunca vio y quien no quiso darle su nombre, pero al que a partir de ese día visitaría constantemente. Enamorada y embarazada de él, un día Psique intentó prender una lámpara para ver al hombre que amaba, pero él se alejó y voló con dos grandes alas, era Cupido, que con tristeza le dijo que a pesar de su amor por ella, los hombres y los dioses no pueden estar juntos.

 

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Psique decidió luchar por su amor, y tomó una gran cantidad de pruebas que su envidiosa suegra puso para ella, a cambio le daría la mano de su hijo en matrimonio. Valiente y esforzada, Psique logró todas la pruebas y finalmente se casó con su amado Cupido, quien le obsequió la inmortalidad.

El mito de Cupido y Psique, una historia de amor fuera de lo común, es narrada por Brendan Pelsue en una encantadora animación de TED-Ed…

 

Chacmool, una enigmática escultura prehispánica que quizá nunca será descifrada
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La figura de Chacmool seguirá siendo un misterio ya que se encuentra en la misma postura, con diversos materiales en diferentes partes de Mesoamérica.

Chacmool tiene mil rostros que van de los sagrado a lo profano.

 

Chacmool es un misterio. A la fecha no existe un consenso de si esta figura representa a una víctima sacrificial, un militar, un sacerdote, un personaje histórico, un hombre-dios, un mensajero divino o una deidad particular. Asimismo, lo que rodea al nombre, y todo lo que se ha propuesto para tratar de resolver tanto sus orígenes, historias así como sus mitos, ha sido rebatido por diversos pensadores, que no coinciden en que si los orígenes del chacmool se encuentran en el Centro de México, en el área maya o en el norte mesoamericano.

 

 

 

Chacmool es una de las imágenes más polémicas en los estudios sobre la religión y el arte mesoamericanos. Se ha dicho que Chacmool tienen sus raíces en al Clásico, al Epiclásico o al Posclásico Temprano, pero tampoco hay nada claro. Y todo esto desde el siglo XIX, cuando salió a la luz el primer reporte de uno de estos personajes semirrecostados, descubierto por el arqueólogo Augustus Le Plongeon.

Le Plongeon exploraba Chichén Itzá buscando las pruebas de la fundación del antiguo Egipto por los mayas, cuando descubrió en 1874 la escultura de un hombre reclinado con un tronco corporal desproporcionado, la cabeza alzada y girada, las piernas formando un arco y sosteniendo una vasija con las manos sobre su vientre. Se le nombró Chac Mool, apelativo maya con etimología doble, por un lado, resalta la imagen de un “felino rojo”, y por otro, la de una “semilla alucinógena” parecida a un frijol rojizo.

 

 

 

Alice Dixon, esposa del viajero, fotógrafo y anticuario británico-americano Auguste Le Plongeon, registró en su diario esta figura, el domingo 01 de noviembre de 1875. La misteriosa escultura que llamaron Chac Mool fue entregarla a la ciudad de Mérida para su resguardo y exhibición; y tres años después la figurilla se mandó a la Ciudad de México, su descubridor se quejó amargamente.

Lo más extraño fue que a partir de esa primera figura, se descubrieron más, haciendo que por primera vez en la historia de la arqueología mesoamericana una misma escultura fuera encontrada en lugares diferentes de México, apareciendo en Tula, Hidalgo y en Chichén Itzá, Querétaro, Michoacán, Tlaxcala y Veracruz, además de sitios mucho más lejanos como Guatemala, Honduras, El Salvador y Costa Rica; y por supuesto también en la Ciudad de México, frente al adoratorio de Tláloc del Templo Mayor de Tenochtitlán.

 

 

 

En todos estos sitios, Chac Mool tiene una apariencia que nunca varía: está recostado en posición de cúbito dorsal, las piernas recogidas hacia su vientre, en el cual porta una vasija o recipiente, y su cabeza está alzada y girada hacia uno de sus costados.

Lo que sí varia de un territorio a otro, son los materiales con los que fueron fabricados: piedras metamórficas, volcánicas, rocas calizas, hasta cerámica y argamasa. Su tamaño también ha sido variable: hay representaciones de tamaño natural, hasta algunas mucho más grandes y otras en formato miniatura. Algunos piezas de Chacmool iban casi desnudos y otros estaban ricamente ataviados con joyas y símbolos diversos. Una de las piezas encontradas en Michoacán varía enormemente de la típica representación de la figura en cuestión: su rostro es el de un anciano casi desnudo y con el pene erecto, pero como de las demás piezas, se ignora el significado real de estas piezas.

 

 

 

En lo que se concuerda es en el uso de la escultura, que suponen que al ser de piedra se utilizó para sacrificios en el que se depositaban corazones humanos y otros objetos en honor de los dioses: tamales, tortillas, carne de guajolote, tabaco, plantas alucinógenas, flores, papel salpicado de hule, plumas, balche o incienso. Dependiendo de la cultura que adoptó el uso de esta figura, varía su significado.

De acuerdo al fabuloso escritor y filósofo Alfredo López Austin en su texto El Chacmool mexica, la función de esta pieza era utilitaria:

La arqueología nos confirma que estas esculturas no eran colocadas en el mismo sirio de la hierofanía (manifestación de lo sagrado), generalmente al fondo de los escenarios rituales, sino en puntos clave de los sacbeoob sacros, encima de plataformas bajas utilizadas como altares centrales, frente a banquetas ceremoniales, al pie de escalinatas de edificios religiosos, sobre las terrazas de estructuras piramidales o, un poco más adentro, en el vestíbulo o antecámara de la capilla.”

 

 

 

Su función como piedra de sacrificios o téchcatl se sospecha tomando en cuenta un fragmento de la Crónica mexicana de Alvarado Tezozómoc que relata la inauguración del Templo Mayor de Tenochtitlan: “Luego que salió el Sol comenzaron a embijar a los que habían de morir con albayalde y emplumalles las cabezas; hecho esto los subieron en los altos de los templos y primero en el de Huiztilopochtli… Estaba parado el rey Ahuítzotl encima del téchcatl, una piedra en que estaba labrada una figuraque tenía torcida la cabeza y en sus espaldas estaba parado el rey y a sus pies del rey degollaban”.

Bajo esta visión, el escritor mexicano Carlos Fuentes escribió una de sus narraciones más famosas titulada precisamente Chac Mool. El propio autor describió el origen de su cuento: “Se llama Chacmool en honor al dios de la lluvia del panteón azteca, cuyos poderes no parecen haber disminuido con la civilización moderna.”

 

 

 

Lo cierto es que su ubicación simbólica en la arquitectura religiosa es una constante, su presencia siempre se ubica en los umbrales que dividen lo sagrado de lo profano, puntualmente, al pie de los altares, en el acceso a los campos de juego de pelota o en la entrada de los templos.

Es posible suponer que su función debió constituir un elemento de tránsito entre los dioses y los humanos; quizá fue un semi-dios que transportaba las ofrendas que los fieles depositaban en su cuenco, siempre vertical, junto con las plegarias y peticiones que las motivaban. Aunque también, no sin motivos, hay quien lo ha referido como variante antropomorfa de las piedra sacrificiales.

 

 

En la Ciudad de México, es posible conocer a Chacmool en el Museo Nacional de Antropología, Av. Paseo de la Reforma s/n, Polanco, Bosque de Chapultepec.